La mayoría de nosotros sabemos que una alimentación incorrecta, genera una gran cantidad de problemas de salud, como la obesidad o la Diabetes tipo-2. A esto hay que añadir una serie de alimentos que son tóxicos para el cuerpo y que incluimos en la cesta de la compra sin sospechar de ellos.
Lo que empezó como una afición se convirtió en un estilo y filosofía de vida: una “revolución casera”, como la presentan sus creadores, la familia Dervaes.
Jules Dervaes vive con sus hijos Anais, Justin y Jordanne en una modesta casa de Pasadena, California, no muy lejos de Los Ángeles.
Sin embargo, al acceder a la parte trasera de la vivienda, cambian las nociones del espacio y el tiempo, y se siente como si se estuviera en pleno campo.
La casa de los Dervaes se presenta como una hacienda de ciudad.
Kilos de comida en poco espacio. Los Dervaes producen en su propio terreno unos 2.700 kilogramos de comida al año, con una lista variada de productos: vegetales, frutas, huevos, leche, mermelada, miel, chocolate, condimentos.
“Pero esto va más allá de la comida”, dice Jules Dervaes: “Es una forma de vida, ajena al consumismo y la rapidez que caracterizan al mundo actual. Es una vuelta a los valores de nuestros antepasados”, defiende.
Además de la producción de alimentos, la familia organiza veladas de cine y música tradicional en su casa y se ofrece para cuidar a los niños del vecindario cuando lo necesiten sus padres.
Adaptación constante
Por romántica que pueda parecer su historia, lo cierto es que Jules Dervaes está nervioso y preocupado.
Son ya cuatro años sufriendo los efectos de la sequía y, a las puertas de un nuevo verano, no sabe cuánto tiempo podrán seguir adelante.
“Hemos tenido que adaptarnos e ir probando distintas estrategias”, dice.
“Hay una serie de reglas, como por ejemplo mantener un porche bonito. No se puede tener un huerto en el frente de la casa”, explica Jules Dervaes.
“Además del huerto, que es nuestro principal recurso, tenemos un jardín de flores y plantas, algunas de ellas comestibles, y también nos hemos aventurado en la producción de mermelada, miel, chocolate e incluso refrescos”, cuenta.
Si bien la familia aboga por una vuelta a las tradiciones de un pasado que concibe más saludable para cuerpo y espíritu, los Dervaes están a la vanguardia en cuanto a técnicas para ahorrar energía y, sobre todo, reducir el consumo de agua.
Preocupante sequía. Las autoridades californianas están incitando a los residentes a cambiar la apariencia de sus jardines delanteros.
Intentan que la gente se desprenda de las parcelas de césped, un cultivo que requiere y gasta mucha agua, para colocar en su lugar plantas nativas, más adecuadas a este clima, por ejemplo, los cactus.
La sequía le quita el sueño a la familia Dervaes
Intentan mantener sistema de irrigación que no gaste demasiada agua.
Los Dervaes se adaptaron rápidamente a estas medidas y además dieron otros pasos en el ahorro de agua.
Tienen un sistema para recuperar el agua que sale de la casa y con ella regar algunos de sus árboles, y lo mismo ocurre con una ducha externa, cuya agua se emplea para el riego en lugar de desaparecer por una cañería.
Una postura ante la vida. Esta constante adaptación a las circunstancias es algo que caracteriza la vida de esta familia.
Nacido en Tampa, Florida, Jules Dervaes se trasladó a Nueva Zelanda en 1973 para emprender una vida rural y distanciarse de un Estados Unidos que, con sus principios económicos y con la guerra de Vietnam, lo había decepcionado.
Pero las circunstancias de la vida hicieron que Jules y los suyos regresaran a EE.UU., primero a Florida, donde desarrolló las habilidades de crianza de abejas aprendidas con los neozelandeses, y en 1985 a California, lugar del que ya no se ha movido.
Toda la familia está dedicada a este proyecto de huerto urbano. En 1985, compró la casa que ahora es su medio de vida, y a partir de 2001, conmocionado por las informaciones sobre los alimentos transgénicos, decidió cultivar su propia comida.
Desde entonces, todo ha sido un proceso de ensayo y error.
“Para alcanzar el objetivo de producción que teníamos en un espacio tan pequeño”, explica Dervaes, “tuvimos que ampliar, ampliar y ampliar.
“El huerto empezó en la parte trasera, con un sistema de parcelitas que es eficiente en el uso de agua y propicia que se acerquen los ‘insectos buenos’.
Además del cultivo, la familia tiene gallinas, patos y cabras.
“De la parte trasera nos extendimos al jardín delantero, después hicimos uso de la entrada para autos y finalmente tuvimos que recurrir al terreno de una vecina, donde tenemos parte de nuestro cultivo”, relata.
Superar los contratiempos
Con su “revolución casera”, como la llaman, la familia Dervaes ha atraído mucha atención exterior.
Jules comenta que la gente ve su huerto y quiere uno igual. Llegar a tener todo esto no fue cosa de un día para otro. “Hace falta perseverancia”, dice Jules Dervaes.
“Es mejor empezar poco a poco y no rendirse ante los contratiempos.
“Nosotros hemos tenido los nuestros, ¡lo que pasa es que de eso no hay fotografías!”, exclama.
“Hay que seguir adelante, los reveses no son para siempre”.
Un planeta enfermo
A Jules Dervaes no le gusta hacia dónde evoluciona el hombre.
En su opinión, somos cada vez más dependientes de la tecnología y lo material.
En su caso, reconoce que le resulta imposible competir con los grandes comercios y las empresas de venta por internet.
Así se ve la casa de los Dervaes desde el aire, delimitada por líneas rojas.
Aun así, la familia consigue vender parte de su cosecha a pequeños restaurantes o a personas que vienen a la casa a recoger una caja llena de productos naturales.
“Vivimos en un planeta enfermo que parece gritar: ¡ayuda!, ¡cúrame!.
“Nosotros queremos marcar la diferencia. Empezamos por la comida, le incorporamos el elemento de la música y caminamos hacia una vida de compañerismo y conversación.
“Esto no es un hobby, es un proyecto para las generaciones futuras y una cuestión de supervivencia”.
El presidente de Bolivia instó a los medios de comunicación a difundir la norma para que la población aprenda más sobre una alimentación balanceada.
Evo Morales promulgó este viernes la Ley de Promoción de Alimentación Saludable para disminuir la desnutrición y fomentar una sana alimentación.
La norma obligará a las empresas a identificar sus productos sobre el contenido de sodio, azúcar y diferentes tipos de grasas.
“Agradecemos todos los esfuerzos y el apoyo de todos para aprobar esta ley”, manifestó el jefe de Estado. También solicitó a los medios de comunicación y otras entidades difundir la norma para que la población conozca si sigue una alimentación balanceada.
De igual modo, recordó las virtudes de una alimentación orgánica y tradicional. Puso como ejemplo el caso de su abuelo que vivió más de 100 años. “El alimento orgánico no sólo es alimento, sino que también es medicina”, agregó.
El Ministerio de Salud fue el encargado de redactar la ley enfocada en promover la salud, prevenir enfermedades relacionadas con la mala alimentación, fomentar la actividad física, regular la publicidad de alimentos y bebidas no alcohólicas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció en noviembre pasado la lucha del Gobierno boliviano para erradicar la desnutrición infantil, que desde 2007 se redujo de 23,2 por ciento a 12 por ciento.
Datos oficiales señalan que la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial, la enfermedades cardiovasculares y algunos cánceres son un problema de salud pública en Bolivia debido a la mala alimentación.
Un nuevo estudio demuestra como el aumento en el consumo de azúcar y su utilización indiscriminada dentro de la dieta diaria en adolescentes y niños puede ser más peligroso y perjudicial de lo que se cree.
Aunque certificar la influencia directa del azúcar en el desarrollo de trastornos metabólicos es todo un reto, el doctor Robert Lustig, del departamento de Pediatría de la Universidad de California (Estados Unidos), ha demostrado lo nocivo que puede ser su consumo, independientemente de la carga calórica o del peso del individuo que la consume, la revista ‘Time‘.
El estudio contó con la participación de 43 niños de procedencia hispana y afroamericana con edades entre 8 y 18 años. Durante nueve días, cada uno siguió una dieta en la que se sustituyó el azúcar procesada por almidón, pero sin disminuir el número de calorías que consumían normalmente.
Los resultados demostraron que la mayoría de los participantes perdió peso, redujo el número de calorías diario hasta un 10% y los niveles de azúcar en ayunas hasta un 53%. Al mismo tiempo, los niveles de triglicéridos, insulina y LDL, así como el volumen de grasa en el hígado, también mejoraron.
Lustig, considera que su estudio permite ver como la disminución e, incluso, la total eliminación del azúcar en la dieta traería enormes beneficios y espera que su estudio sea considerado para el diseño de las guías alimentarias oficiales, que definen qué alimentos deben consumir los estadounidenses.
Pese a estos hallazgos, muchos científicos consideran que el principal problema general radica en que comemos demasiado.”Tanto el estudio como los datos obtenidos son importantes y tenemos que controlar qué tipo y cantidad de azúcares consumimos, pero me preocupa que la gente se va a centrar en esto y a olvidar que debemos reducir la ingesta de alimentos”, afirma Mark Corkins, profesor de Pediatría de la Universidad de Tennessee (Estados Unidos).
Todos sabemos que los alimentos que consumimos hoy día suelen venir cargados de pesticidas, herbicidas y otras sustancias sintéticas usados por el modelo industrial de alimentos. Muchos de estos compuestos son bioacumulativos y con el tiempo conllevan problemas de salud. Es por esto que en un experimento realizado por el Instituto de Investigación Ambiental de Suecia (IVL) se analizó las diferencias entre la dieta tradicional y orgánica en los seres humanos.
El estudio tomó una familia sueca promedio y realizó un seguimiento de tres semanas cambiando completamente su dieta a comida 100% orgánica libre de pesticidas, conservantes, colorantes etcétera.
Antes del cambio de dieta se realizaron análisis completos y sobre todo se buscaron marcadores de contaminantes como el BPA (disruptor hormanal presente en algunos tipos de plásticos)
Durante la primera semana del experimento, los padres y los niños mantuvieron su dieta habitual, simplemente documentando todo lo que comían y sometiéndose a una prueba diaria de orina, paraestablecer los valores de pesticidas presentes en la misma.
En las siguientes dos semanas, la familia se alimenta solamente de forma orgánica y se repitió las pruebas diarias de orina. Los resultados fueron sorprendentes, especialmente en los niños. En promedio, la carga de pesticidas en el cuerpo se reduce en un 95% desde el momento en que dejaron de comer alimentos cultivados con pesticidas y fertilizantes.
La lista de los productos químicos encontrados en los cuerpos de la familia durante la primera semana es grande e incluye fungicidas, herbicidas, insecticidas y varios inhibidores del crecimiento. Aún así, el estudio aclara que los niveles de dichos elementos se encontraban dentro de los límites considerados como aceptables por los organismos responsables de la salud y que individualmente sería poco probable que dichas sustancias fuesen un riesgo para la salud humana.
Sin embargo, el informe deja claro que la combinación de diferentes sustancias químicas y sus efectos a largo plazo aún no están claras. Esto significa que la posibilidad de que diferentes plaguicidas, que reaccionan juntos puedan potenciar sus características y así terminar dañando seriamente la salud, lamentablemente en la actualidad nadie ha explorado estas posibles interacciones en profundidad.
Según el informe IVL, está claro que lo ideal es aplicar el principio de precaución, con métodos agrícolas más seguros.
“Teniendo en cuenta lo poco que sabemos actualmente sobre los efectos que acarrarían la combinación de los diferentes productos químicos a los que las personas están expuestas en su día a día, puede ser conveniente aplicar un principio de precaución en este segmento.”
No hace falta vivir lejos de una gran ciudad ni poseer grandes extensiones de tierra; la familia Dervaes cultiva su propio alimento maximizando el espacio.
Los Ángeles queda a solo 15 minutos de distancia de la residencia de los Dervaes. Su casa, digamos, queda en una zona urbana. Contando el jardín y la casa, poseen 371 metros cuadrados. Ahora bien, en esa pequeña parcela (si la pensamos como área de producción rural) logran generar 2700 kilos de alimentos al año, entre los cuales se cuentan casi dos mil kilos de vegetales, más de 400 kilos de pollo orgánico, 453 huevos, 12 kilos de miel y abundantes frutas de estación. ¿Qué hacen con todo eso? No solo se alimentan de la mejor manera a sí mismos, sino que venden su producción a buenos precios, lo cual les genera un ingreso de 20.000 dólares anuales.
Todos los integrantes de la familia ayuda en la tarea, que no es su principal fuente de vida. Pero no solo han logrado organizar el espacio para potenciar su valor, sino que todos los utensilios que usan son manuales y toda la energía que necesitan la obtienen de paneles solares, lo cual ha reducido notablemente sus cuentas de luz. En promedio, por mes, pagan unos 12 dólares por ese servicio. Tampoco queman combustibles fósiles de ningún tipo y alimentan a su auto a base de biodiesel que ellos mismos generan a partir de grasa de cocina usada, que los restaurantes de la zona les donan.
La familia come según la estación, conserva cuidadosamente su producción y solo vende de manera local, a restaurantes de la zona o a vecinos, muchos de ellos deseosos de contar con mercadería sana y de primera calidad. Este ingreso ayuda a la dedicada familia a proveerse de los alimentos que no pueden producir en su pequeña residencia urbana. No crean que los problemas del campo les son ajenos: las pestes y las sequías también son problemas con los que hay que lidiar, pero el voluntarioso clan siempre tiene soluciones a mano para sostener su modo de vida único y admirable.
Como comentaba hace unos días, la Fundación Vivo Sano ha realizado un informe sobre el compromiso de la industria alimentaria en la eliminación del tóxico bisfenol A de las conservas. Los resultados que ahora ofrecemos no son esperanzadores pues la mayor parte de las compañías preguntadas ni siquiera informan de que su comida lo lleva.
Hay que explicar que hay empresas que ya lo han eliminado de sus envases o están en ello pero son las menos, por desgracia. De las más de 100 compañías encuestadas sólo siete declararon explícitamente haberlo retirado de todas sus latas y envases o hacerlo a lo largo de 2015.
La buena noticia es que un porcentaje importante de las que contestaron, más de un 60%, sí afirmaron estar tomando medidas para eliminar el bisfenol A o al menos estar estudiándolo. No obstante, más del 70% de las empresas rehúsan informar sobre la presencia de bisfenol A en sus latas y envases.
Podéis ver en el informe una tala con las empresas que han participado en la encuesta de Vivo Sano y comprobaréis que son las principales del sector alimentario en España además de conocidas multinacionales. También se explica la seria metodología seguida para hacer el trabajo.
Una síntesis de las respuestas de las compañías. Un ejemplo:
No contestan específicamente sobre si usan o no bisfenol A ni sobre si defienden o no su utilización, pero dicen “cumplir la legislación” 3 empresas: Conservas Baymar,Alcampo, Coca-Cola.
Una de las coclusiones del informe es clara: Se constata una gran falta de transparencia en la industriaen lo que respecta a seguridad alimentaria e información al consumidor: sólo 28 empresas aportaron información. Es de especial gravedad que la Administración no haga nada al respecto y aunque con timidez sean los fabricantes de comida quien la adelanten en este ámbito.
Ante la imposibilidad de que los ciudadanos puedan saber hoy por hoy qué envases contienen bisfenol A y qué envases están libres de esta sustancia, es imprescindible que el Gobierno prohíba urgentementela presencia de este compuesto químico en los materiales en contacto con alimentos.
En el caso del bisfenol y tantos tóxicos cotidianos que minan nuestra salud incluso a dosis bajísimas se incumple el derecho fundamental a la información en salud, lo que en la práctica se traduce en la baja capacidad de elección a la que estamos sometidos.
El color rosa anaranjado es la seña de identidad que define la suculenta carne de salmón. Probablemente nadie querría comprar un filete de ese pescado si fuera de color gris, pero resulta que ese es precisamente el color natural de los salmones de piscifactoría. El color rosa intenso llega después y en cápsulas.
Solo hay un tipo de salmón cuya carne es rosa anaranjada de manera natural, y es el salmón pescado en su propio hábitat. Durante su ciclo vital, los salmones se alimentan de camarones, pequeños crustáceos y krill. Esa alimentación es rica en una sustancia llamada astaxantina. Este compuesto es el que, al acumularse en los tejidos del animal, proporciona ese vivo color rosado. La astaxantina es también la sustancia que proporciona el color rosa a los flamencos, cuya dieta es similar.
¿Qué ocurre con los salmones en las piscifactorías? Como explican en The Atlantic, la respuesta es que su dieta no incluye crustáceos. Los salmones criados en cautividad suelen alimentarse de piensos que incluyen aceite y pasta de pescados más pequeños, almidón de maíz, grasas animales o levadura y soja transgénicas. Esta dieta hace que la carne de los salmones de piscifactoría sea de un color gris claro semejante a la de otros peces. El color rosa lo elige la empresa que cría a los peces mediante suplementos alimenticios.
Aparte de con piensos, los granjeros alimentan a los salmones con cápsulas de astaxantina. A veces, el compuesto se obtiene de cáscaras pulverizadas de crustáceos. Otras se sintetiza a partir de procesar industrialmente microalgas cultivadas. Venga de donde venga, el color de los salmones de granja es la base de un próspero negocio en el que hasta existen cartas de colores para que cada granjero elija el tono de rosa con el que quiere teñir a sus peces (teñir entendido aquí como justo lo que es: “dar a algo una apariencia que no es la suya propia, alterarlo”).
Las cartas de color las creó la multinacional farmacéutica Hoffman-LaRoche. Actualmente las suministra la multinacional holandesa DSM, que compró Hoffman-LaRoche en 2002. El suplemento alimenticio que tiñe a los salmones de rosa puede suponer un 20% del coste final del pescado, pero diversos estudios señalan que la carne de salmón de color gris no era atractiva para el consumidor.
El proceso no es tan creativo como parece a primera vista. La carta de colores se utiliza porque la carne de los salmones en estado salvaje es de diferente tonalidad según la especie. La incorporación de astaxantina es una práctica poco conocida pero regulada, y la carne de los peces tiene que pasar estudios de cromatografía y análisis para determinar si la concentración en los tejidos es la adecuada. Este documento de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) explica los procedimientos de análisis más habituales.
La astaxantina no es tóxica ni una sustancia artificial en sentido estricto. Se trata de un carotenoide, un pigmento natural emparentado, por ejemplo, con el licopeno, que es el la sustancia que da su color natural a los tomates. Aparte de dársela de comer a los salmones para mejorar su color, la astaxantina también existe en forma pura para el consumo humano (en cápsulas). Al tratarse de un carotenoide que no se sintetiza como vitamina A, algunos médicos aseguran que tiene propiedades antioxidantes. Sin embargo, resulta cuando menos curioso conocer que ese color del salmón de piscifactoría que asumimos como “real” en realidad es “añadido”. Y lo peor: que puede haber criaderos que escojan no suministrar astaxantina de forma natural sino a base de procesos químicos (no necesariamente nocivos para la salud, pero desde luego no naturales).
Aunque la práctica de teñir los salmones de piscifactoría no es probablemente la peor que podemos encontrar en la cría de peces, en Estados Unidos, y a raíz de una demanda interpuesta en 2003, la ley obliga a las granjas a determinar en la etiqueta si la carne de salmón está coloreada. En otros países no se requiere esta distinción.
Algunos expertos alertan de los riesgos potenciales para la salud y el ecosistema que suponen las prácticas industriales de piscifactoría. Este brutal documental titulado “Pescado ¿No tan sano?”, por ejemplo, explica en detalle las cuestionables prácticas para alimentar a los peces en cautividad, especialmente el salmón. Si no lo has visto, es muy recomendable. Aunque avisamos: si lo ves, es probable que no quieras volver a comer nunca más pescado de piscifactoría.
Si quieres adelgazar hay algo que debes de tener claro: independientemente de la dieta que escojas tendrás que ingerir menos calorías de las que ingerías antes y, si la elección de alimentos no es la adecuada, pasarás hambre. Existe la creencia de que es imposible adelgazar sin sufrir porque no te encuentras saciado, pero lo cierto es que las dietas que funcionan son las que consiguen todo lo contrario: que ingieras menos calorías en total, pero sin pasar hambre.
Los frutos secos son uno de los alimentos que más calorías aportan, pero también uno de los alimentos más útiles en las dietas de adelgazamiento: basta con consumir un puñado para aplacar el hambre. Se trata de calorías muy bien invertidas, pues al ser ricos en fibras y grasas saludables dan una profunda sensación de saciedad en muy pequeñas dosis. Pero esta no es la única ventaja de los frutos secos. Un estudio reciente publicado en el New England Journal of Medicine demostró que si añadimos a nuestra dieta una cantidad moderada de avellanas, almendras, nueces, cacahuetes o pistachos lograremos reducir el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares en un 29% y en un 11% el riesgo de contraer un cáncer. Por no hablar de sus conocidas propiedades para reducir el colesterol “malo” (LDL) y elevar el “bueno” (HDL).
Ahora bien, para disfrutar de las bondades de los frutos secos es importantísimo conocer las cantidades que debemos consumir. Un puñado es saludable, cuatro ya no lo son tanto. La doctora Alessandra Bordoni, profesora de Ciencia de los Aliementos en la Universidad de Bolonia, es especialista en frutos secos y ha explicado en La Reppublica en qué puede ayudarnos cada uno y cuánto debemos comer para que su ingesta no sea contraproducente.
1. Anacardos
(Femto)
El anacardo es un fruto seco originario de Venezuela y Brasil pero que es cada vez más consumido en Europa. Es uno de los frutos más selectos (y, al menos en España, también uno de los más caros), y no es de extrañar dadas sus propiedades. Los anacardos, asegura Bordoni, “contienen una gran cantidad de ácidos grasos monoinsaturados, ácido fólico, vitaminas B1 y B2, y minerales como el zinc, el cobre y el selenio, que ayudan a proteger las células del daño oxidativo”.
¿Cuántos debemos comer?
Los anacardos tienen 574 calorías por cada 100 gramos. 30 gramos equivalen a unos 20 anacardos.
2. Nueces
(iStock)
Las nueces son los frutos del nogal, un árbol oriundo de Oriente Medio pero que fue introducido en Europa en época romana. Se trata, por tanto, de uno de los frutos con los que estamos más familiarizados. Y no deberíamos abandonarlos nunca.
Según la profesora Bordoni, las nueces son útiles para prevenir el riesgo cardiovascular, dado que contienen una elevada cantidad de ácidos grasos omega-3 y omega-6. “Muchos estudios han demostrado que estos ácidos grasos, tomados en cantidades apropiadas, tienen un efecto preventivo sobre el riesgo cardiovascular”, asegura la doctora. Además son una importante fuente de hierro, un importante aliado de los procesos cognitivos y en la formación de glóbulos rojos.
¿Cuántos debemos comer?
Las nueces tienen 654 calorías por cada 100 gramos. 30 gramos equivalen a unas 5 nueces. Según un estudio citado por Bordoni, para sacar partido a las propiedades protectoras del sistema cardiovascular de las nueces debemos ingerir 30 gramos al día.
3. Avellanas
(iStock)
La avellana es el fruto del avellano común y, aunque se encontraba en Europa en tiempos de los romanos, no llegó a España hasta el siglo XIX. Es necesario recordar que aunque la avellana es el ingrediente principal de muchas cremas de cacao, sus propiedades no son las mismas que consumida al natural, por no hablar de la enorme cantidad de azúcar añadida que llevan estos productos.
Al igual que las nueces, las avellanas contienen grandes cantidades deácidos grasos omega-3 y omega-6, pero además contiene una cantidad elevada de vitamina E, que ayuda a proteger las células del estrés oxidativo.
¿Cuántos debemos comer?
Las avellanas tienen 628 calorías por cada 100 gramos. 30 gramos equivalen a unas 26 avellanas. Si tomamos una ración de este tamaño estaremos ingiriendo el 90% de la cantidad recomendada diaria de ácido fólico que, como recuerda Bordoni, es especialmente importante para la salud de las mujeres embarazadas.
4. Almendras
(Rafael Ortega Díaz)
La almendra es uno de los frutos secos tradicionalmente más consumidos en España que es, de hecho, el segundo productor mundial tras Estados Unidos. Como explica Bordoni, “las almendras son una fuente de vitamina B2, que contribuye al mantenimiento de la piel y a la reducción del cansancio y la fatiga”. También contienen elevadas cantidades de magnesio, fibra y vitamina E. Además es un fruto seco muy recomendable para las personas con hipertensión, pues su contenido en sodio es muy bajo (siempre, claro está, en su versión al natural).
¿Cuántos debemos comer?
Las almendras tienen 575 calorías por cada 100 gramos. 30 gramos equivalen a unas 23 avellanas.
5. Pistachos
(iStock)
El producto nacional de Irán es uno de los frutos secos más sabrosos, pero no por ello es menos saludable: tiene importantes cantidades de cobre, un mineral que protege la pigmentación del pelo y defender a las células delestrés oxidativo; magnesio, que ayuda a reducir el cansancio; y arginina, una excelente fuente de proteína vegetal.
¿Cuántos debemos comer?
Los pistachos tienen 567 calorías por cada 100 gramos. 30 gramos equivalen a unos 25 pistachos.
6. Ciruelas
(iStock)
Las ciruelas pasas (y también las uvas) tienen, como la mayoría de frutos secos, propiedades antioxidantes. Pero su principal ventaja, como señala Bordoni, es su alto contenido en fibra, que les convierte en un gran aliado del sistema digestivo. Además, son una buenísima fuente de vitmina B1. Tienen además bastante menos calorías, pues aunque se suelen incluir en la categoría de frutos secos, son en realidad una fruta deshidratada.
¿Cuántos debemos comer?
Las ciruelas pasas tienen 204 calorías por cada 100 gramos. Podemos ingerir algo más, unos 40 gramos, que equivalen a unas seis ciruelas.