sábado, 21 de junio de 2014

Cómo crear en una semana una poderosa potencia terrorista

ejil
La creación de nuevos estados es un oficio peligroso y casi siempre los estados nacen en medio de sangre y violencia. Pero el país que está naciendo estos días al sur de Turquía, atravesando sus viejas colonias, está batiendo todos los récords.
Este territorio, conocido como el Estado Islámico de Irak y Siria (EIIS), o también como el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), no necesita ningún reconocimiento internacional, ni la membresía de Naciones Unidas, ni un lugar apropiado en el mapa político mundial. La gente allí tiene objetivos muy distintos.
Ellos quieren ‘complacer’ a la humanidad combinando dos famosos guiones del mundo islámico: los petrodólares de Oriente Medio mezclados con el fanatismo irresistible de los talibanes, y todo esto a la escala internacional de Al Qaeda, indica el politóligo Maxim Samorúkov en el portal ruso Slon.
De momento el nuevo nombre del país es bastante rebuscado y huele a viejas realidades: el Estado Islámico de Irak y el Levante. Pero al parecer el nombre del país no les preocupa, porque en las demás áreas sus líderes tienen un éxito casi total.
Bajo su control se encuentra ya un vasto territorio que se extiende desde las afueras de Alepo, en el norte de Siria, pasando hacia el este por el valle del Éufrates, atravesando la antigua frontera colonial en el norte de Irak y llegando hasta los suburbios de Bagdad.
La nación que ha formado este país son árabes sunitas, que representan la mayoría de la población de este territorio. Su ideología nacional es el Islam sunita radical.
Y lo más importante, no importa cómo llamemos esta área: sea un país o un territorio, tiene un presupuesto estatal muy importante y fuentes permanentes de reposición, comparable con algunos de los principales países del mundo.
El Estado Islámico de Irak y el Levante se configuró de forma inesperada y muy rápidamente: la semana pasada. Pero sus raíces se pueden encontrar en los acontecimientos de hace una década, cuando las tropas estadounidenses estaban muy preocupadas por demoler monumentos a Saddam Hussein.
Junto con los monumentos al dictador fueron también destruidos el aparato estatal y el mando del Ejército, anteriormente compuesto por oficiales de la minoría sunita (democráticamente sustituidos por oficiales mal preparados de la mayoría chií).
Pero las personas que durante los 30 años en el poder de Saddam a menudo se dedicaron a torturar o simplemente brillar por su presencia no ‘se encajaron’ en una nueva realidad, por lo que muchos de ellos se unieron a la resistencia armada antiestadounidense y antichií. Así, en 2004 se formó una rama iraquí de Al Qaeda.
Pocos años más tarde las relaciones con la ‘empresa’ de Bin Laden dejó de interesarles y cambiaron su nombre por el de Estado Islámico de Irak. Y, a medida que crecían sus ambiciones, añadieron la palabra Levante, es decir, el Mediterráneo Oriental.
Su organización tuvo un verdadero éxito después de que Obama retirara las tropas estadounidenses de Irak a finales de 2011. En 2013, la agrupación enfocó sus actividades en el este de Siria, donde después de dos años de guerra civil se podía hacer cualquier cosa. Y por último, en junio de este año, los islamistas organizaron una verdadera ‘guerra relámpago’ en Irak, añadiendo a sus posesiones en pocos días, casi todas las áreas de mayoría sunita, entre ellos la segunda en importancia, la ciudad iraquí de Mosul. Y todo lo hicieron con una rapidez mayor que la llegada al poder en Afganistán de los talibanes en 1994.

Bancos, petróleo y armas

El éxito sin precedentes del Estado Islámico de Irak y el Levante no se dio de la nada, fue producto no solo del terrorismo sino también de la capacidad de sacar provecho de los crímenes. Los cabecillas de la organización no solo explotaban y asesinaban, también con diligencia construyeron en los territorios conquistados una especie de país, primitivo pero organizado: Recaudan impuestos, administran justicia, proporcionan a la población algunos de los servicios sociales básicos, organizan un adoctrinamiento (tanto en primera persona como a través de las redes sociales), y reclutan voluntarios para su Ejército, cuyo número en los últimos días ha aumentado varias veces y ahora se estima en 15.000 personas.
Y lo más importante, crean constantemente su califato con una base económica sólida. Los líderes de los radicales islámicos han pasado de los simples crímenes al sólido y lucrativo negocio del petróleo. En el este de Siria, no controlado por el poder central del país, se apoderaron de varios yacimientos de petróleo y plantas de energía, y procedieron a vender el crudo y la electricidad al Gobierno de Bashar al Assad. Este lo compraba encantado ya que los islamistas iraquíes lucharon en contra de los rebeldes sirios. Tal operación permitió al Estado Islámico de Irak y el Levante ahorrar hasta el inicio de este verano más de 800 millones de dólares.
Y con este dinero pudieron ‘ganar’ mucho más. Los islamistas resultaron bastante ricos para organizar una brillante operación de captura del norte de Irak y especialmente de Mosul, la segunda ciudad en importancia del país. El desmotivado Ejército iraquí no pudo resistir ante los fanáticos. Como resultado, los islamistas capturaron una enorme cantidad de activos financieros: solo en el Banco Central de Mosul encontraron oro y otros objetos por valor de más de 400 millones de dólares, y su presupuesto total se estima ahora en 2.000 millones. Este no es el límite porque estos díasse libran combates por la mayor refinería de petróleo de Irak, que produce 150.000 barriles de petróleo por día. Naturalmente, los islamistas tienen pocas probabilidades de llegar a utilizarlo a plena capacidad e incluso vender los productos a precios mundiales, pero incluso una pequeña parte de esta producción les garantizará ingresos estables y altos.
Otras organizaciones terroristas no pueden ni siquiera soñar con esos ingresos. Por ejemplo, Al Qaeda en sus ‘mejores años’ tuvo ingresos anuales de decenas de millones de dólares. Incluso los ingresos estimados de los talibanes, con sus campos de opio en Afganistán, no superan los 400 millones de dólares anuales, mientras que el PIB de Somalia o los ingresos anuales del presupuesto de Mauritania o Eritrea equivalen a 2.000 millones aproximadamente.
Las perspectivas son tristes. Entre Alepo y Bagdad surge un territorio ‘petroterrorista’, lleno de montañas de armas estadounidenses abandonadas por el desmoralizado Ejército nacional. A la cabeza de este Califato se ponen los fanáticos religiosos, bastantes más crueles que los talibanes. Pero a diferencia de estos, no tendrán que meterse en el negocio del opio, ya que tendrán cantidad de crudo suficiente para hacer realidad sus sueños.
Y no hay fuerzas capaces de derrotar a este país islamista, porque el Ejército iraquí no sirve de mucho y porque para Obama sería una humillación volver a introducir tropas en Irak, tras retirarlas recientemente con total solemnidad y promesas de que el nuevo Gobierno iraquí podría controlar el país.
Ya es posible creer en la posibilidad de un frente unido entre Teherán y Assad, cuyas fuerzas se lanzan en ofensiva contra los radicales sunitas con el apoyo aéreo de Estados Unidos.

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