miércoles, 23 de julio de 2014

Sankt Pauli, fútbol y política en el barrio


Sankt Pauli es un barrio de Hamburgo que se encuentra junto al puerto, el segundo más importante de Europa a pesar de estar en un río. Cuenta con 30.000 habitantes en sus 2,6 kilómetros cuadrados. La vida reivindicativa y su club de fútbol han hecho que se haga famoso fuera de Alemania.


Una bandera arcoíris, símbolo de la lucha por los derechos de los homosexuales, recibe a los visitantes del estadio Millerntor de Hamburgo. El club de fútbol que juega allí, el FC Sankt Pauli, es un equipo modesto. Sin embargo, gracias a la identificación con ideas políticas de la izquierda, su escudo y sus estandartes han estado presentes en movilizaciones como Can Vies en Barcelona, Gamonal en Burgos o Gezi en Estambul (Turquía). Se ha convertido en un símbolo y suma más de 500 peñas repartidas por toda Europa, media docena de ellas en España. Esta fama contrasta con su escaso éxito deportivo. Compite en la segunda división alemana y su único logro fue ganar al HSV Hamburgo, su rival, hace tres temporadas, cuando jugaba en primera.

El FC Sankt Pauli se creó en 1910. En sus inicios, estaba relacionado con las clases altas que vivían en aquella época en el barrio. Fue a partir de los años 80 cuando los crecientes movimientos 'okupa' y punk lo empezaron a reivindicar como icono. En la actualidad, cuenta con 500 peñas repartidas por toda Europa.


Tres son los principales valores que defiende: antifascismo, antisexismo y antihomofobia. Lo confirma orgulloso Tjart Woydt, vicepresidente del club. Este empresario de 71 años, de pelo canoso y aspecto bonachón, no cobra por su cargo y, a pesar de la defensa que hace de los valores de la institución, se declara afín al partido democristiano de la CDU, agrupación de la canciller Angela Merkel, lo que le ha supuesto ataques de la hinchada más ultra. "La política desempeña un papel importante para nosotros", afirma en un trabado pero bienintencionado español en la sala de reuniones del estadio mientras se sirve una taza de café. El directivo pone como ejemplo la lucha por la igualdad de derechos de los homosexuales. No solo es una declaración de principios, sino la forma de ser del equipo y de la afición.

Cuatro son las principales reivindicaciones del club: antifascismo, antihomofobia, antisexismo y antiracismo. Las paredes de todo el estadio contienen mensajes en esta línea. Una campaña de la entidad invitó a los aficionados a plasmar sus diseños en los muros del Millerntor, como se llama su campo.


El equipo tiene dos escudos: el oficial, con el símbolo de la ciudad, y el oficioso, que recuerda a la bandera pirata. Este segundo es el que se ha tomado como propio en movimientos de izquierdas de muchos países, incluso en España, donde hay media docena de peñas del club alemán.


La política desempeña un papel importante para nosotros

Tjart Woydt, vicepresidente del club

Cientos de escudos no oficiales —la bandera pirata con el nombre del club— se reparten por todo el barrio en el que está arraigado y que tiene el mismo nombre. "Compartimos ideas con el distrito", afirma el vicepresidente.

Las calles de esta zona de Hamburgo, que ronda los 23.000 habitantes, huelen a fútbol y política. Murales, grafitis y pegatinas con consignas ideológicas adornan cada pared, cada farola y cada portal. Imágenes del Che Guevara aparecen acompañadas por mensajes antifascistas y hasta por eslóganes de los movimientos independentistas vasco y catalán. Algunos muros se convierten en imágenes elaboradas y estéticas. Otros, en cambio, son improvisados garabatos que se mezclan unos con otros. Se suceden mensajes hacia otros clubes hermanados, contra aficiones de extrema derecha o en favor de causas sociales, como la que recuerda, junto al río Elba, a los inmigrantes que llegan en pateras a la isla italiana de Lampedusa.

El barrio se sitúa junto al puerto de la ciudad, el segundo más importante de Europa. El Kiez, como se le conoce, es el centro de la vida nocturna y de ocio de la ciudad. En sus locales comenzaron a tocar los Beatles antes de ser un fenómeno mundial. Las calles repletas de mensajes políticos se entrecruzan con aquellas como la Reeperbahn, que junta el juego y el sexo con grandes carteles luminosos.

Apenas a 500 metros de ese lugar se encuentra el estadio Millerntor. Un edificio que va remodelando y ampliando su aforo según la economía lo permita. En la actualidad alcanza los 30.000 espectadores, al nivel de recintos españoles de Primera como Riazor, en A Coruña, o Anoeta, en San Sebastián. A pesar de estar en segunda división, se llena cada vez que el equipo juega en casa y es muy difícil conseguir entradas si no se pertenece a alguna peña.

El Sankt Pauli no fue siempre tan seguido ni tan conocido. Fundado en 1910, en sus comienzos era un club asociado con las clases altas que por entonces vivían en la zona. Fue a partir de los años ochenta del siglo pasado cuando se le comenzó a ligar a la izquierda. Los movimientos okupa y punk empezaron a tomar como referencia a este pequeño conjunto del barrio. Poco a poco, esta unión se hizo más popular.

Hoy calculan que las ventas de productos oficiales del equipo ascienden a más de 10 millones de euros. De esta cantidad, el club solo recibe 350.000 euros, el resto se lo lleva la empresa productora, Upsolut Merchandising. Esto ha provocado disputas en los tribunales. "Llevamos cuatro años de litigios y al menos nos queda año y medio más", lamenta Woydt mientras abre la puerta que da paso de las oficinas al campo de fútbol.

Un gran cartel recorre una de las gradas de Millerntor: "A los fascistas no se les da fútbol". Al igual que las paredes del barrio, las del estadio también están llenas de pintadas, aunque de forma más organizada. Lennart Forster, un joven en prácticas en el club, explica que fue una campaña de la entidad en 2005 la que invitó a los aficionados a elaborar sus diseños y plasmarlos en los muros. Se leen lemas como: "Ninguna persona es ilegal" o "Solo el amor cuenta", junto al dibujo de dos hombres besándose. Forster lleva desde los cinco años acudiendo al estadio y se le dibuja una sonrisa cuando muestra que cada centímetro del graderío hace referencias a la ideología del club. Las campanadas del Hell's Bells, del grupo de rock AC/DC, suenan cada vez que los jugadores entran al césped.


Siguiendo la avenida de Budapester, en la que se encuentra el estadio, hay un bar, el Jolly Roger, que toma el nombre de la bandera pirata. Este pequeño local tiene en la puerta el escudo oficioso del Sankt Pauli. Un lugar que sirve de reunión para que los seguidores vean partidos y compartan debates políticos, que también tiene una pensión encima. De una de sus ventanas cuelga una pancarta contra la FIFA, representante del fútbol comercial al que tanto critican.

Sus paredes se llenan con pegatinas de peñas de todo el mundo del equipo hamburgués. Se trata de un garito oscuro, con varias pantallas para ver los partidos. Los clientes beben cerveza y el ambiente se llena del humo de los cigarrillos y los canutos que fuman algunos de ellos mientras suena música rock de fondo. Antro es la palabra que viene a la cabeza al entrar.



Interior del Jolly Roger. / EDP

Pero es mucho más que eso. El bar está regentado por una peña de 100 seguidores, la Ball Kult. Los beneficios que da se destinan a la Braun Weisse Hilfe, la sección de iniciativas sociales del Sankt Pauli, que organiza, entre otras cosas, campeonatos de fútbol contra el racismo y campañas de integración y de ayuda a los más desfavorecidos. Michael Pinz es uno de sus tres directores. Para este vecino del distrito, de aspecto imponente al principio, el fútbol no es solo eso: "Bebemos, festejamos o nos lamentamos, todos juntos, en el estadio que está en el corazón de nuestro barrio".

Pinz explica con orgullo que es un lugar para amantes de este deporte que se identifican con ideas de izquierdas. "Me alegra ver que la gente lleva este escudo en luchas por la libertad", responde cuando se le pregunta por la presencia de estos símbolos en manifestaciones antifascistas de toda Europa.
Okupas y seguidores

El distrito es tan conocido por su equipo como por la importancia del movimiento okupa. Los 2,6 kilómetros cuadrados que tiene el barrio aglutinan multitud de centros de este tipo. Estos lugares conviven de forma pacífica con los edificios residenciales o los comercios y cuentan con mucho apoyo popular.

El más importante es Rote Flora. Una construcción de dos plantas que lleva más de 25 años okupado. Por fuera, aparenta un avanzado estado de abandono. Las paredes lucen desconchadas, llenas de carteles y adhesivos que hacen referencia al Sankt Pauli y su lucha política. Los restos de un antiguo incendio se aprecian en la parte alta. Unos vagabundos con vestimentas punk duermen y preparan una improvisada barbacoa en la que era la entrada principal de la construcción.

Fachada del centro 'okupa' Rote Flora con una pancarta en apoyo a Can Vies. / EDP



Rote Flora es la casa okupa más longeva de Europa y es el centro de este movimiento en el barrio. El pasado mes de diciembre, el intento de desalojo del edificio, junto con otras reivindicaciones, provocó disturbios entre los vecinos y la policía, que llevaron a las autoridades a declarar el toque de queda en toda la zona durante varios días. En las manifestaciones participó la afición del FC Sankt Pauli, que está implicada activamente en la vida política del distrito.








Rote Flora es el centro del movimiento okupa del barrio, pero no es el único edificio de este tipo. La zona es tan conocida por su equipo de fútbol como por el gran número de centros sociales que tiene. Las pintadas y los carteles dan al distrito un colorido especial que no se ve en el resto de la ciudad.


Thomas abre la puerta ataviado con una camiseta roja y un mensaje reivindicativo. Ejerce de anfitrión en su interior. Se suceden las salas para distintos usos. En la más grande se celebran conciertos, que sirven para captar fondos para el mantenimiento de sus actividades. Justo encima, en el primer piso, hay un archivo sobre movimientos sociales en el que Thomas trabaja, tan organizado y restaurado que contrasta con el resto del recinto. Un gran número de pintadas y murales llenan las paredes que ya perdieron el color original. El olor a humedad es constante durante todo el recorrido. "No soy seguidor del Sankt Pauli, pero aquí casi todos lo son", admite ya en la doble puerta que sirve de salida del edificio.

Una pancarta pintada a mano que recorre de punta a punta la fachada reza en catalán: "Todos somos Can Vies", en relación al centro social que fue medio derruido por el Ayuntamiento de Barcelona el pasado 26 de mayo y que despertó una gran oposición vecinal.

El centro okupa alemán pasó en diciembre por la misma situación que el catalán. El intento de desalojo, unido a las protestas contra la subida del precio de la vivienda, desembocó en disturbios que llevaron a la policía incluso a decretar un toque de queda durante varios días en Sankt Pauli.

En aquellas protestas participó la afición del FCSP, las siglas del equipo. Las portadas de algunos periódicos locales como el Hamburger Morgen Post señalaron al club como el culpable de los enfrentamientos, en los que más de un centenar de policías resultaron heridos. La directiva salió entonces públicamente a defender a sus seguidores ante estas acusaciones.

Allí estuvo Daniela Wurbs, coordinadora de la AFM, una asociación que engloba a cerca de 13.000 socios del club. Esta joven pelirroja y de tez pálida confirma, mientras posa su taza de café en la mesa, que muchos de los seguidores del FCSP participan activamente en los movimientos okupas del barrio. “Los que dicen que fútbol y política no tienen nada que ver, es que ocultan algo”, asevera Wurbs con seguridad en la oficina de la agrupación. Es hincha del Sankt Pauli y se muestra orgullosa de la fama de su equipo. "Si somos una inspiración para otros, estaremos haciendo algo bien", sonríe.
Un equipo asambleario

La ideología del barrio llega incluso al área deportiva. Guida Maymó lo conoce bien. Esta risueña arquitecta catalana de 30 años juega en el primer equipo femenino del Sankt Pauli, al que llegó poco después de aterrizar en Hamburgo en 2012. Esta sección del club es, por el momento, amateur. Milita en una liga regional, aunque el nivel de competitividad “va creciendo año a año”, explica.

Maymó, que había jugado antes en equipos como el Espanyol y otros de su comunidad, no conocía nada del conjunto cuando dejó Barcelona en busca de trabajo en Alemania y llegó por recomendación de sus amigos y sus nuevos compañeros de oficina. Poco a poco se fue haciendo a la vida de la formación marrón y blanca, los colores de la camiseta. Se muestra encantada con su decisión de ir al Sankt Pauli. "Somos como una familia", admite mientras da un trago a su cerveza.

Las farolas, cabinas y paredes de Sankt Pauli se llenan de pegatinas que coloca gente llegada de todas partes de Europa y del mundo. Suelen ser de hinchadas que comparten los valores que promueve el equipo hamburgués. En la imagen, una colocada por seguidores del Rayo Vallecano de Madrid.



Los aficionados tienen poder de veto en las decisiones más importantes del club, como la elección de un nuevo patrocinador para la camiseta

La kiezkicker (en castellano, jugador de barrio, como se conoce a los integrantes del FCSP) explica que las decisiones en el equipo se toman en asamblea con el entrenador. Entre los temas que se debaten están los proyectos sociales en los que participan, como la ayuda a escuelas de fútbol para mujeres en África.

Este tono de consenso y de debate se extiende al resto de la entidad. Los aficionados tienen dos representantes en la junta ejecutiva. Los directivos no toman las grandes decisiones sin acudir a ellos a través delsprecherat, el órgano en el que participan todas las peñas. Es tal la necesidad de aprobación que, como relata el vicepresidente, tuvieron que rechazar una gran oferta de patrocinio de la empresa eléctrica alemana RWE que no gustaba a los hinchas. “Hay que escuchar a losfans”, defiende Woydt con seguridad.

La forma de ser del FCSP ha hecho que personas de cualquier punto del mundo utilicen la bandera y el escudo en los movimientos sociales en los que participan. El año que viene, seguirá en la segunda división, pero sus escudos estarán por toda Europa en primera línea de las protestas.


La afición al St. Pauli en España


Un aficionado de la peña Catalunya Supporters en el estadio. / @FCSPCATALUNYA

La peña más numerosa en España, Fanclub Catalunya, está en Barcelona. Judit es una de los 80 miembros que están en esta organización, creada en 2010. Junto con sus compañeros ha acudido activamente a las protestas contra el derribo del centro okupa de Can Vies, así como en otras movilizaciones. Entiende que el fútbol puede ser “una herramienta muy útil para hacer política”.

Se reúnen para ver los partidos en el Casal Octubre de Poble Nou, en Barcelona, un centro social asociado a la izquierda independentista catalana. Judit, que no quiere dar su apellido por temor a grupos de extrema derecha, explica que hay gente que, sin ser amante del fútbol, se hace hincha del Sankt Pauli por compartir las ideas del club.

En esto coincide también Baptista Silanes, coordinador del segundo grupo de seguidores catalanes, el Catalunya Supporters, que suma unos 20 aficionados. Pone de ejemplo a su mujer, que se aburre yendo a los partidos del Espanyol, del que Silanes es hincha, pero que disfruta cuando van a Millerntor. Él también llegó a conocer al Sankt Pauli gracias a las ideas que defiende: “Caes por la ideología”.

Otra de estas peñas estaba en Mallorca, donde Ralf Breede introdujo la afición del club del barrio en el que vivió, formando la Penya Fora de Joc, hoy apenas activa. Este alemán de 48 años, que lleva 18 en España, asume que su equipo se ha convertido en un símbolo de la lucha de ciertas ideas, aunque siente que a veces se pierde de vista que se trata de un club de fútbol. “Veo gente que viene a mi trabajo [una oficina de turismo] con la camiseta del FCSP y que no sabe contra quién juega esa semana”, lamenta. Además de estas tres, Asturias, Euskadi y Valladolid cuentan también con grupos de seguidores.

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