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viernes, 19 de enero de 2018

De Daktari a Óscar Pérez: El uso de la carta paramilitar contra Venezuela

Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, Colombia vivió un proceso de reconfiguración de su territorio debido al desplazamiento forzado de más de 2 millones de personas (en su mayoría de carácter rural/campesino) que produjo la ocupación y ofensiva militar del Plan Colombia y el paramilitarismo.
Lejos de resolver algo, aunque tampoco ese era el interés inicial, el negocio de la guerra se amplía al igual que sus mecanismos y canales de financiamiento, los que le dan existencia: narcotráfico, comercio de armas, criminalidad económica, etc.
La frontera venezolana recibe los primeros impactos de un fenómeno con rasgos transnacionales y transfronterizos, sustentados por un Estado fallido que entregó su seguridad interna a Estados Unidos y determinado, principalmente, por la importancia que tiene para este último la cocaína que ahí se produce y exporta; una balanza que a su vez inclina a favor el aumento en la demanda de armas. El narcotráfico también tiene su geopolítica.
Ese proceso de conquista sui géneris cuyo resultado fue la depredación progresiva, también sui géneris, de la vida económica y social de la frontera, trajo consigo el afianzamiento de grupos armados que pasaron a controlar rutas de contrabando, venta de armas y narcotráfico. La empresa de la guerra en Colombia marca USA creció sobremanera y buscó en Venezuela instalar su filial, expansión que dio además un nuevo carácter a la clásica delincuencia organizada en Venezuela bajo una economía ilegal trazada a partir del narcotráfico, el contrabando, el sicariato… y a futuro, de la violencia política.
Tratándose de una empresa, entonces, era natural que la necesidad de un aparato de seguridad privado, en este caso el paramilitarismo, haya adquirido formas como brazo ejecutor del neoliberalismo, toda vez que disputa al Estado el control social sobre el territorio. Y eso aplica tanto para Colombia como para Siria.
Esta penetración configuró la importación progresiva de ese ejército privado en suelo local, pero también su forma de moldear una cultura de la violencia específica en Venezuela, plantándose como empresa más allá de lo meramente delictivo. Por el hecho de tener esa cualidad privada, es que grandes intereses políticos pueden echar mano y utilizarlo. Es cuestión de asumir el riesgo de dicha inversión.
El paramilitarismo no es un fenómeno venezolano, las bandas y referentes del crimen organizado no nacieron espontáneamente, sus formas de administración de castigo y control social sobre ciertos territorios tampoco lo aprendieron en Internet; es consecuencia de la geopolítica de la guerra de Estados Unidos a través de Colombia, de la cual también son víctimas los colombianos. Estar al lado del principal productor de cocaína del mundo y del principal mercado de armas de la región se dice fácil, precisamente en ese detalle está la razón de ser de que el paramilitarismo sea utilizado como herramienta política en Venezuela y que como fenómeno tenga las implicaciones que tiene.
No producto de la casualidad jefe político del paramiliarismo colombiano, en una reciente intercambio con periodistas, empatizara con las acciones de Pérez y llamara al Ejército a sublevarse contra el Gobierno.

Daktari, modus operandi y la vía armada

El hecho de la finca Daktari en su momento dio dimensión de hasta dónde se estaba dispuesto a llegar para sacar al chavismo del poder, de hasta dónde se habían corrido los límites. Fue un año donde el país se encontraba movilizado por la agenda del referendo revocatorio impulsada por el antichavismo, quien buscaba consolidar una victoria política luego del golpe/paro/sabotaje de meses anteriores.
Los hechos y sus vinculaciones políticas y empresariales son harto conocidas; más de 100 paramilitares contratados, y vinculados a agentes infiltrados dentro de la fuerzas de seguridad y empresarios, daban la medida de un modus operandi que se ha repetido inercialmente durante los últimos años: a medida que se pierden batallas políticas, recurren al plomo; a medida que se pierden las batallas callejeras (guarimbas), donde también apelan al plomo, recurren a los sicariatos y asesinatos políticos. Y para ello solo falta quien ponga la plata sobre la mesa y quien mueva los resortes (piense en la CIA), y quien desde la tribuna política y mediática sea cómplice en desvirtuar, negar o legitimar lo que de allí resulte.
Dependiendo de ese contexto más general es que adquiere visibilidad en qué momento se apela a células armadas (germen de los ejércitos privados) para intensificar la violencia callejera, o cuando, en circunstancias de reflujo, se emplea con fines selectivos como asesinatos políticos. Después del icónico hecho de la finca Daktari se han evidenciado las múltiples formas de aplicación de este instrumento, resaltando los periodos de guarimba como escuelas o centros de entrenamiento, donde también se intenta posicionar grupos armados (disfrazados de “manifestantes”, por supuesto) para escalar la confrontación.
Las guarimbas de 2017 describieron bastante bien que las molotvs y escudos hechos de latón eran herramientas de márketing que difuminaba -para la prensa mundial- el secuestro y control de urbanizaciones, el uso de francotiradores y de armas de fuego en confrontaciones y la intención probada de llevar a cabo asesinatos contra personas por ser o parecer chavistas.
Existe una intención manifiesta de tantear la vía armada, tanto por actores internos como externos: el reconocimiento internacional del escenario de confrontación de las guarimbas, partera de células como la de Óscar Pérez y Juan Caguaripano, vino por parte de Estados Unidos y la Unión Europea principalmente.

Células armadas y el caso Libia

Luego de cerrado el ciclo de violencia política y armada en Venezuela, se suscitaron tres ataques armados. Uno dirigido contra la sede del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ, mientras niños que estudian en esa institución se encontraban adentro) y el Ministerio de Interior, Justicia y Paz desde un helicóptero donde se lanzaron granadas y ráfagas de disparos de alto calibre; y otros dos contra instancias de las Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) en el estado Carabobo (Fuerte Paramacay) y el estado Miranda (Comando de la Guardia Nacional Bolivariana, GNB). El fin era obtener armas para preparar un golpe a futuro y ganar capacidades, pero también imponer en la opinión pública una supuesta superioridad en términos tácticos y militares, además de un clima de terror.
Con estos ataques dos células armadas (una de Óscar Pérez y otra del ex militar capturado Juan Caguaripano) pasaron a ser la nueva apuesta.
Una célula no es un fin en sí mismo, sirve como agrupamiento inicial de una estrategia superior dirigida a conformar un ejército paralelo: tras un proceso de infiltración y cooptación de fuerzas regulares para producir deserciones, se intenta darle forma y objetivo político. De esta manera ocurrió durante la “primavera árabe” que azotó Libia, donde los servicios de inteligencia de la OTAN lograron extraer oficiales del estamento militar para nutrir a los “rebeldes”, bajo un marco narrativo global que ubicaba como única ruta con sentido práctico la agenda armada para salir de Gadafi. ¿Les suena?
Pérez y Caguaripano eran evidencia de esa intención (global pero adaptada a cada terreno) de “resolver” los conflictos a plomo y de infiltrar fuerzas de seguridad para conformar el germen de un ejército privado. En Venezuela la visibilidad de esta intención es aún mayor cuando se mide el asedio psicológico al que están sometidas la FANB, los recurrentes llamado de la oposición a “ponerse del lado de la Constitución” (eufemismo para llamar a la insurrección) y las infiltraciones detectadas a tiempo.
En tal sentido el desmantelamiento de estas dos células altamente peligrosas no sólo iba dirigido a revertir cualquier acto de sabotaje o terrorismo a futuro, según el constituyentista Diosdado Cabello se preparaban para hacer estallar un carro-bomba en la embajada de Cuba, sino también neutralizar posibles operaciones dentro de las fuerzas de seguridad. Este último punto es clave en cuanto a la anticipación con respecto a los servicios de inteligencia extranjeros que pudieran estar operando para reeditar a un Pérez o a un Caguaripano que, nuevamente, intenten dirigir al país por los derroteros de la guerra.

Medios, políticos estadounidenses y legitimación del paramilitarismo con otro nombre

Un componente fundamental que posibilita la legitimación y empatía con grupos armados son los medios de propaganda privados. Bajo la imposición de un alias globalizado (los “rebeldes”), se ha justificado desde las grandes empresas de la comunicación el caos y la mercenarización de conflictos, como en Medio Oriente luego de la “primavera árabe”. Y “rebeldes” son, justamente, todas las células terroristas o grupos armados que “emerjan” en territorios con gobiernos que no están alineados a Estados Unidos.
Venezuela no escapa de este tratamiento, ya durante las últimas guarimbas habían adelantado un cuadro narrativo para representar como “enfrentamientos entre manifestantes pacíficos contra militares armados” lo que realmente eran episodios de ultraviolencia, cortes de vías, disparos de francotiradores y saqueos contra comercios.
Sin embargo el alias “rebelde”, una nomenclatura que signa un factor militar, se vio con claridad luego de que Óscar Pérez y su grupo cayeran abatidos en el enfrentamiento; medios internacionales y locales cartelizaron el tono y lo glorificaron como “el piloto que se rebeló contra Maduro”, apelando a las brechas de desinformación que dejó el operativo, y sobre todo, a las voces más extremas del espectro político (María Corina Machado, Diego Arria, Antonio Ledezma, etc.) que dieron un respaldo frontal a Pérez.
Si bien ese alias ya denota en sí la intención de correr los límites del relato en pro de legitimar células armadas, ubicando a Pérez en la misma coordenada simbólica de organizaciones terroristas en Medio Oriente, otro dato prefigura los apoyos externos con los que cuenta la opción bélica: Marco Rubio, Otto Reich, Roger Noriega e Ileana Ros defendieron a Óscar Pérez y respaldaron sus acciones.
No se trata de simples congresistas o voceros políticos de Estados Unidos, sino de un sector que luego del ascenso de la Administración Trump ha alcanzado importantes niveles de influencia para configurar el marco de las relaciones exteriores EEUU hacia Venezuela. Resaltan los casos de Otto Reich y Roger Noriega, ambos operadores de la guerra sucia en Centroamérica y vinculados estrechamente a los servicios de inteligencia estadounidenses, a los que Marco Rubio, en su posición de senador, les da un empujón para que su limitada voz se escuche. Caso que también aplica para Luis Almagro, que aprovechando la ola desde su cuenta Twitter compartió el apoyo dado por ONGs financiadas por el Departamento de Estado, como Human Rights Watch.
En este punto es necesario recalcar lo obvio: el próximo atentado que planeaba la célula de Pérez, o la de Caguaripano antes de su desmantelamiento, estaría legitimado por estos actores políticos del Congreso estadounidense, los cuales han demostrado influencia en delimitar la política exterior hacia Venezuela. Marco Rubio e Ileana Ros incluso tienen acceso a cajas negras presupuestarias con las cuales podrían, incluso, otorgar financiamiento para no detener el entusiasmo, un dato ya de por sí bastante peligroso.
Esa prueba es más que suficiente para poner en contexto el operativo contra la célula de Pérez, pero sobre todo, como el paramilitarismo está sobre la mesa de quienes han adquirido una influencia relativa en la Casa Blanca para moldear el qué hacer con Venezuela.
Durante estos días se ha intentado mostrar a Óscar Pérez como un caso aislado, cuando en realidad representa una continuidad (aún no lograda) en el marco de la agenda paramilitar contra Venezuela.
(Tomado de Misión Verdad)

lunes, 13 de marzo de 2017

Colombia. El ELN Contra el Paramilitarismo, el Narcotráfico y la Corrupción: Una Marca de Clase

La oscura noche del paramilitarismo y el narcotráfico que se hicieron evidentes como prácticas constantes de políticos, empresarios y comerciantes, cuya máxima expresión llego a la cúspide durante los 8 años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, le demostraron a la Colombia de las mayorías, que la clase en el poder recurre de manera histórica […]
La oscura noche del paramilitarismo y el narcotráfico que se hicieron evidentes como prácticas constantes de políticos, empresarios y comerciantes, cuya máxima expresión llego a la cúspide durante los 8 años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, le demostraron a la Colombia de las mayorías, que la clase en el poder recurre de manera histórica a la más rampante ilegalidad con tal de mantenerse en el poder como lo hizo cuando asesinó a Gaitán e impuso luego el mal llamado Frente Nacional que declaró ilegal a la oposición política cuando comenzaba la década de los años 60s del siglo pasado.
Cuando tal ilegalidad bañaba de sangre a la Colombia humilde en los campos y barrios pobres de las ciudades, muchos dirigentes y defensores de Derechos Humanos tomaron partido a favor de quienes morían por millares a manos de los agentes estatales y paraestatales. Pero también pagaron con su vida, con la cárcel, la desaparición o el exilio.
El telón de fondo de todo este accionar criminal tuvo por justificación acabar con la rebeldía insurgente, que ha contado con el respaldo popular. Por ello destruir ese respaldo popular justificaba el baño de sangre y demás violencia.
Cuando la situación del país no aguantaba más y la presión internacional exigía salir de tal situación, apareció la mano “bondadosa” del presidente Uribe, que al igual que sus antecesores en los años 50 del siglo XX, legalizó a más de 30 mil paramilitares, extendiendo así un manto de impunidad para los autores intelectuales y materiales de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, políticos, empresarios, comerciantes y de él mismo y buena parte de sus familiares.
Pero todo ello no era suficiente. La oligarquía buscaba alejarse más de esta conducta criminal de su propia clase, y se plantea desmovilizar a las guerrillas que considera debilitadas luego de la gigantesca ofensiva de los 10 años anteriores. Aparece entonces el Liderazgo de Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa del gobierno Uribe, quien, paradójicamente compitiendo con el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, se hace, por segunda vez de la presidencia de Colombia en 2014.
Santos asume la presidencia en 2008 anunciándole al país y a la insurgencia que tiene en su bolsillo la llave de la paz.
En efecto, el gobierno Santos inicia diálogos con las FARC primero y con el ELN después, al final de su primer mandato, logrando hacer acuerdos con las FARC que están llevando hoy a su legalización para convertirse en partido político, aunque aparecen graves dificultades para implementarlos y los coloca en vilo. Esto es particularmente grave para las FARC si se tiene en cuenta que ya están en las llamadas “Zonas Veredales Transitorias de Normalización” e iniciando la dejación de armas.
Tanto en el revés del plebiscito, como en el momento en que el Congreso no aprueba tales acuerdos, ni lo hace la Corte Constitucional, influye bastante la extrema derecha encabezada por Uribe que se ha opuesto a ellos, sumada a la improvisación del gobierno en la implementación de tales acuerdos.
Cuando el país asiste a esta compleja realidad en el proceso de paz con las FARC y cuando recién se abre la fase pública del proceso de paz Gobierno -ELN, una nueva tormenta sacude la clase política colombiana debido a los altísimos niveles de corrupción y descomposición de sus instituciones, evidentes en la existencia de un gigantesco carrusel de sobornos en la contratación de obras públicas y la amañada contienda electoral, ya que gran parte de la financiación de las campañas para la presidencia del Uribismo, como las del actual presidente Santos se hicieron con dineros ilegales entregados por la empresa brasileña Odebrecht.
Ante esta difícil realidad que enfrenta la gobernabilidad de Colombia, cuando la marca del paramilitarismo, el narcotráfico y la corrupción son hoy inseparables de la clase gobernante, nos preocupa la falta de garantías para la marcha exitosa de los procesos de paz. En ese sentido hacemos un llamado a la sociedad colombiana a rodear el proceso, participar activamente y convertirse en la más alta garantía para el cumplimiento de lo acordado.

Fuente: https://www.eln-voces.com/index.php/editorial-insu/1018-una-marca-de-clase

martes, 1 de marzo de 2016

Hermano de expresidente colombiano Uribe a la cárcel por paramilitar

Esta foto de febrero de 2008, fue tomada a Santiago Uribe, hermano del ex presidente colombiano Alvaro Uribe, hablando con toreros después de asistir a una corrida en Medellín, Colombia. Las autoridades colombianas capturaron el lunes 29 de febrero de 2016 al hermano menor del ex presidente como presunto responsable de auspiciar en los años 90 la creación de grupos paramilitares al noroeste del país.(Foto AP / Luis Benavides)
Santiago Uribe, hermano del actual senador y ex presidente colombiano Álvaro Uribe (2002-2010), fue detenido el lunes por su responsabilidad en la conformación y expansión del grupo paramilitar conocido como Los 12 Apóstoles, informó la prensa local.
Uribe fue detenido por el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la fiscalía en el barrio El Poblado de Medellín (noroeste), pese a que sus escoltas, tres agentes de la policía, intentaron impedirlo.
El hermano del derechista ex presidente es investigado por los delitos de concierto para delinquir y homicidio agravado.
A Santiago Uribe se le imputa el haber creado la milicia paramilitar en el municipio de Yarumal (noroeste), donde perpetró asesinatos en esa población y en otras vecinas en complicidad con fuerzas del Estado.
La responsabilidad de Uribe se desprende de la declaración, en mayo de 2010, del  mayor retirado Juan Carlos Meneses, quien lo acusó de crear y sostener en los años 90 a Los 12 Apóstoles.
“Meneses, quien era el comandante de policía de Yarumal, aseguró que Uribe, junto a otros ganaderos de la región, tuvo la idea de conformar un grupo armado para proteger a los negociantes que eran víctimas de extorsiones por parte de grupos subversivos que delinquían en la zona. Para esto entregaron dinero para comprar el armamento suficiente”, publicó el diario El Espectador.
Meneses, según su declaración, supo de las actividades de los paramilitares durante los tres meses que fue comandante de policía en Yarumal, de enero a marzo de 1993, cuando se “suscitaron unos incidentes” en los que varias personas fueron asesinadas.
El propio Meneses prestó colaboración a Santiago Uribe para que su organización “pudiera cometer sus asesinatos”, dijo la prensa.
El policía aseguró que cuando conoció a Uribe éste le manifestó que cada mes le iba a entregar una suma de dinero “para colaborarle”, y le señaló que lo que hacían Los 12 Apóstoles tenía el visto bueno y el apoyo de las autoridades departamentales y nacionales.
Santiago Uribe ya había sido acusado por los exjefes paramilitares Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna”, y Salvatore Mancuso, presos en Estados Unidos por narcotráfico luego de que el Gobierno de su hermano Álvaro Uribe los extraditara a ese país en 2008, reporta sputnik.
Santiago Uribe permanece en las instalaciones de la fiscalía en Medellín, y no está confirmado cuándo sería trasladado a Bogotá.

jueves, 8 de octubre de 2015

Investigan a expresidente colombiano Álvaro Uribe por vínculos con paramilitares

La Fiscalía General colombiana envió expedientes ante la Corte Suprema de Justicia para que se investigue a Álvaro Uribe Vélez, actual senador y expresidente de la República, por su presunta participación en la masacre de El Aro registrada el 22 de octubre de 1997 en el municipio de Ituango (Antioquia), en el noreste de Bogotá.
Esta solicitud se desprende de las declaraciones entregadas ante una comisión de la Fiscalía General por el excomandante paramilitar Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’, quien señaló que el entonces gobernador de Antioquia tuvo conocimiento directo de los hechos.
Igualmente el ente investigador envió la solicitud ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes para que se investigue el papel del exgobernante en el homicidio del paramilitar Francisco Villalba Hernández -condenado por esta masacre- y quien señaló directamente a Uribe Vélez.
“Me reúno con Villalba y le pregunto si había forma de cesar esas declaraciones contra el gobierno en lo que respecta a lo que sucedió en El Aro. Concretamente, las sindicaciones contra el presidente Álvaro Uribe. Me responde que no, que continuará porque es una manera de catarsis, de desahogarse con lo que pasó. Le ofrezco un dinero y mejorar las condiciones, pero que por ninguna circunstancia van a cesar las denuncias”, expresó ‘Don Berna’.

Uribe niega acusaciones

El expresidente Uribe dijo: “estoy acostumbrado a infamias y especialmente en épocas electorales”. De acuerdo con él, esta es una prueba más de la supuesta persecución que denunció hace algún tiempo por parte del fiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre.
“El fiscal Montealegre busca con lupa cosas contra el expresidente para hacer ruido y actuar en una especie de sicariato moral contra todo lo que le huela a uribismo y sus familias”, indicó el senador Ernesto Macías.
Además, la Fiscalía pide establecer la veracidad de las denuncias presentadas por una presunta estrategia encaminada a la presión de testigos para que cambiaran y modificaran sus versiones entregadas a las autoridades judiciales.
En dos oportunidades, la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín envió solicitudes para investigar al exgobernador de Antioquia.
El abogado Jaime Granados Peña, quien defiende los intereses del senador del Centro Democrático (partido de Uribe), calificó esta nueva decisión como una “persecución sin precedentes” por parte de la Fiscalía General.
Frente a las declaraciones de ‘Don Berna’, el abogado señaló que “es claro que la Fiscalía sigue a quien declara las respuestas que quiere escuchar, hace preguntas claramente sugestivas”.
Para el letrado se ha presentado una vulneración al derecho a la defensa, reiterando que pese a todas las acusaciones hechas hace años se han evidenciado que no son reales. “Ha quedado claro que han mentido quienes lo han dicho y por eso ningún proceso ha podido avanzar”, precisó el defensor.
El editorialista Rodolfo Arango, en una publicación en El Espectador, consideró “preocupante, por decir lo menos, que las declaraciones de ‘Don Berna’ hayan pasado desapercibidas para la opinión pública”. “En ellas afirma, entre otras, que el asesinato del paramilitar Francisco Villalba fue un crimen de Estado. Recordemos que Villalba señaló al entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, de ser cómplice en la masacre de El Aro, ocurrida en octubre de 1997. En nada contribuye a la memoria del conflicto armado que no se esclarezcan estos hechos y que los máximos responsables de delitos atroces no sean identificados y sancionados, así no sea con pena de cárcel”, destacó.
Para Arango, “el silencio ante las declaraciones de ‘Don Berna’ tiene una simple explicación. Sectores influyentes en lo económico y poderosos en lo político apoyan al exmandatario y hoy senador, bien sea por convicción o por miedo”.
El senador del Centro Democrático, Alfredo Rangel, insistió en que el fiscal mantiene una campaña de persecución que ya está denunciada en instancias internacionales, al considerar que en Colombia no existen las garantías judiciales.
“El fiscal quiere meter a la cárcel a los integrantes del Centro Democrático a la oposición del Gobierno, al mismo tiempo que quiere a los criminales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la calle”.
Gustavo Veloza/El Telégrafo

martes, 25 de agosto de 2015

Venezuela continúa exitosa ofensiva contra paramilitares y contrabandistas

Como parte de la ofensiva del Gobierno venezolano para erradicar de los territorios la actividad contrabandista y paramilitar, las fuerzas de seguridad continúan desplegadas en zonas fronterizas con Colombia.
El gobernador de Táchira, José Gregorio Vielma, informó la víspera la detención de 8 integrantes de una banda paramilitar relacionada con el tráfico de drogas y armamentos, así como con la prostitución.
Agregó que 2.400 efectivos realizan inspecciones con apoyo de la población. Hasta el momento se tramitó, con autoridades de Colombia, la deportación pacífica de 185 indocumentados.
PL