Nacho Berdugo, reportero estrella del programa de Tele K "La Tuerka CMI", escribe desde Londres algunas impresiones sobre las revueltas de los últimos días.
Policía huyendo de las llamas.Es difícil hacer una aproximación de todo lo sucedido en Londres durante la última semana, los mass media británicos no dudan en hablar, probablemente con un cierto toque sensacionalista, del mayor desorden social conocido en la capital británica desde la segunda guerra mundial. Sea como sea, sería ridículo obviar la trascendencia de un espontaneo estallido social que ha puesto en jaque a la autoridad londinense durante más de 72 horas poniendo de manifiesto que detrás de la amable y sonriente cara de los juegos olímpicos de 2012 hay miles de jóvenes descontentos e “inadaptados” para los que el sistema no tiene respuesta útil.
La muerte del joven Mark Duggan , de 29 años y padre de 4 hijos, a manos de la policía londinense ha desatado una reacción en cadena de fastuosas dimensiones. El detonante del malestar parece haber sido la opacidad y falta de información de los agentes hacia la familia durante las primeras horas, hecho que dio pie a la convocatoria de una concentración frente a la comisaría de Tottenham Hale. El oscurantismo entorno a la muerte de Mark Duggan acrecentó las peores sospechas a velocidad de vértigo, las blackberrys brillaban en la noche con la intención de organizar una respuesta, el malestar y la indignación se multiplicaban por momentos y no tardo en saltar la primera chispa que prendería fuego al barrio de Tottenham, que pronto se extenderían a numerosas áreas degradadas de la ciudad.
Los devastadores efectos del fuego tuvieron un efecto contagioso, la rabia plasmada en los saqueos e incendios se copiaba rápido en las pupilas de miles de jóvenes desheredados ignorados por el sistema, los chiscos del bloque sabían que había llegado su momento, el asalto violento y sin concesiones a un stablishment que los niega y los condena al olvido. En menos de 24 horas el eco desgarrado de los chicos de Tottenham podía oírse en Hackney, Walthamstow, Leyton Mills, Enfield, Elephant and Castle, Woolwich, Lewisham, Peckham, Brixton, Fulham, Clapham Junction, Streatham, Croydon…y más focos espontáneos de violencia incontrolada que se extendían por toda la ciudad a ritmo de era 2.0.
Recogiendo los testimonios de los vecinos de Hackney ayer, martes 9 de agosto de 2011, se pueden empezar a descifrar algunas claves de los “riots” (disturbios) de los días precedentes, los denominadores comunes de todos los focos de violencia parecen claros: desempleo, precariedad y fuertes recortes presupuestaros en garantías sociales, elementos indispensables en la construcción de un imaginario de “no future”.
La composición de la protesta ha sido eminentemente juvenil, pudiendo situar la media de edad en torno a los 22 años. La sensibilidad de este gran grupo de jóvenes es claramente heterogénea, un tanto por ciento considerable es perfectamente consciente del significado político de la protesta y una gran mayoría se han dejado llevado llevar por la idea de romper la paz social y poder saquear las tiendas de sus marcas favoritas. Una forma, no del todo racionalizada, de asaltar el cielo de Londres y conseguir las portadas de los diarios, una forma de visibilizar lo que cada día es invisible.
El caos ha predominado en las revueltas, donde al tiempo que una gran mayoría elegía con criterio sus objetivos, procurando atacar los símbolos más visibles del capital corporativo otros tantos quemaban coches, edificios y comercios particulares de sus propios vecinos, generando una brecha comunitaria dura, que sin duda será aprovechada por el sistema para dividir y romper cualquier posible unidad de acción.
Londres es, sin duda, una de las ciudades más blindadas del mundo en términos de control social, los sucesos que han tenido lugar estos días marcarán sin duda un antes y un después, de alguna manera la emergencia de una generación desheredada que no tiene miedo porque no tiene nada. Una grieta más en el corazón financiero del mundo, un aliento más para el cambio.








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