viernes, 12 de agosto de 2011

Londres y más allá: disturbios neoliberales y la posibilidad de la política



Breve análisis del escritor y poeta irlandés William Wall, sobre los disturbios del Reino Unido, con fecha del 9 de agosto.
William Wall 
Una de las cosas que hemos escuchado repetirse ad nauseam en el contexto de los actuales disturbios de Londres es que los alborotadores son “salvajes”, “gamberros” o más generosamente “jóvenes desencantados”. Toda la palabrería de Cameron y su cohorte gira en torno al crimen y al castigo y a “todo el peso de la ley” -  como si estos jóvenes no se encontrasen a diario con él. Nos han dicho de diversas maneras que no existe un contexto político, ningún motivo político, ningún enemigo político – se trata de “pura y simple criminalidad”. Esto es debido a que la violencia que se ejerce contra la policía (por lo tanto contra el Estado) no se considera política en sí misma. Esta es la razón de que la envidia, el deseo y la adquisición de bienes de lujo como una televisión de plasma o unas joyas no se considere política. La clase política y los comentaristas no pueden concebirse a sí mismos como enemigos de la gente que vive en zonas como Tottenham, donde los recortes de los Tories están cerrando centros de juventud, donde se sufre un desempleo masivo incluso mientras la ciudad está en auge, y donde están siendo los objetivos de una legislación diseñada para desfavorecerlos todavía más.
Por otro lado, las funciones del Estado neoliberal son principalmente facilitar la acumulación de riqueza y por consiguiente de bienes lujosos. El propósito del Estado, tal y como nos dice la teoría neoliberal, es posibilitar que los negocios y la industria obtengan beneficios y para ello deben asumir algunas actividades que ellos no pueden, razonablemente, convertir en beneficios – la construcción de una carretera, por ejemplo, o proveer una fuerza policial – aunque, cuando los márgenes de beneficios se estrechan y los mercados se inundan de competidores, incluso las funciones sagradas del Estado tienen que ser “desreguladas” o privatizadas para permitir que las compañías se apoderen de ellas. La propuesta de privatización de los servicios de las prisiones es un ejemplo, como también la continua campaña para abrir la educación a la explotación de las compañías informáticas. Apenas se ha hablado del argumento sin sentido de que en el Reino Unido el NHS (Sistema Nacional de Salud) está en “quiebra” y del programa Tory para cederlo a empresas supuestamente más baratas y eficientes – a pesar del hecho de que todos los estudios muestran que el NHS es la manera más eficiente y efectiva de gestionar los cuidados sanitarios.
El capitalismo está saqueando la esfera pública. Servicios que los ciudadanos llevan años considerando bienes públicos y no medios con los que conseguir beneficios para unos pocos – sanidad, cuidados para los mayores, educación,  prestación por desempleo, pensiones, agua, alcantarillado, recogida de basura, carreteras y caminos, planificación rural y urbana, el servicio postal, el servicio telefónico, la policía, y muchos más – son objeto de una presión sistemática y sostenida con el propósito de romper la relación entre el ciudadano y el servicio. Nunca más podremos pensar en estas cosas como “nuestras”, excepto en el sentido en que decimos que un banco es nuestro. Estas se nos proporcionan como bienes y servicios por parte de empresas que ejercen su derecho a obtener beneficios de ellas – realmente de nosotros, de nuestro dolor, de nuestros mayores, de la infancia de nuestros hijos, de nuestros problemas de dinero, de nuestro medio ambiente. Los ciudadanos son redefinidos como consumidores de servicios. La única función del Estado es regular la actividad de las empresas para que no se desarrollen monopolios.
La función de la policía es garantizar ese beneficio. La policía es “nuestra” solo en el sentido en que lo es el recaudador de impuestos. De esta manera la policía se encuentra cada vez más (para ella siempre fue así) con sus espaldas contra la pared corporativa, plantando cara a una ciudadanía desheredada para la cual el Estado es una fuerza hostil. Esto hace política a la policía, por lo que es un error pensar que el saqueo de la esfera pública por corporaciones e individuos no lo es. Por supuesto, nadie que esté en el lado de las corporaciones quiere llamarlo así. Quieren que se entienda como algo de sentido común. El estado está en “quiebra”, dicen, o ha “fracasado”. Sólo las empresas pueden hacer el trabajo de forma eficiente y dar un buen valor por el dinero del consumidor. Lo que realmente significa “coge el dinero y corre”. Cuando estas desaminado y apagado, deprimido, revisa tú historial de crédito.
En un momento en que la brecha entre ricos y pobres está en sus máximos históricos, mayor que en el siglo diecinueve cuando el capitalismo estaba en su cúspide, ¿es sorprendente que los jóvenes desempleados de Tottenham, Hackney, Clapham o Peckham hayan aprendido esta lección? En caso de quiebra del Estado, no apartes la vista de la primera oportunidad que se te presente. El oro está actualmente en sus máximos, es a lo que se dedican los inversores más espabilados. Cogen su dinero y corren. Siempre habrá un mercado para televisores chulos, especialmente cuando se acercan las olimpiadas – no muy lejos de Tottenham. Si no estás dentro no puedes ganar. Así que metete y coge lo que puedas. Al final del día es tan sólo negocios. Desde Mcdonalds, pasando por los prestamistas y las empresas “compramos oro” que se anuncian por todo Londres, el mensaje está claro: “El único valor que nos interesa de ti es tu habilidad para pagar. Quien no pueda permitirse pagar es un gorrón, escoria, chusma, un parásito.”
En este mundo la policía es otra forma de violencia – mirad lo que les hicieron a los manifestantes anti-recortes. Son el arma elegida por el Estado para disciplinar a la juventud desencantada, para criminalizar a los disidentes y para proteger los beneficios. En Londres no interpretaron eficazmente este último papel, pero han trabajado duro en los otros, de los que se obtiene frutos con mayor facilidad. La reciente sentencia de 16 meses de cárcel para Charlie Gilmour por participar supuestamente en actos violentos durante las protestas anti-recortes, los peores de los cuales parecen haber sido participar en el lanzamiento de un cubo de basura al Rolls Royce del príncipe Charles y balancear el asta de una bandera, contrasta bruscamente con el hecho de que ningún agente de policía jamás  haya sido condenado por la muerte en custodia de una persona negra. La muerte por un disparo de un hombre negro en un taxi en Ferry Lane, Tottenham , es sólo una parte de su función represiva. Ahora sabemos que no existen pruebas que apoyen la coartada policial que dice que Mark Duggan disparó primero. Sin importar si era un gangster o no, tal y como creía la policía, el hecho es que nunca hubiesen disparado contra el director de un banco. Sin embargo, el banquero es la otra cara de la moneda que tiene el rostro de Mark Duggan en su anverso. La clausura de tres cuartos de los centros de juventud en Tottenham por el actual gobierno Tory está directamente relacionada con la supuesta estabilidad económica del Reino Unido. El precio de la casa del banquero la pagan los jóvenes ciudadanos del Norte y Sur de Londres. Hoy, en el programa Liveline de RTE escuche a un hombre que vivía en Londres decir que los alborotadores “compraban con nuestro dinero”.  Eso funciona para ambos. El banquero compra con el dinero que debía ir a parar a las comunidades de Tottenham, Clapham, Hackney…
Que los alborotadores hayan sólo intentado hacer esa conexión no es culpa suya. Si yo fuese el gobierno Tory y sus pregoneros temería el día en que la juventud desencantada hiciese una evaluación más precisa de sus opresores, cuando se pasen del enemigo que está en frente (la policía) al enemigo que se encuentra tras ventanas unidireccionales y edificios “icónicos”. Que hayan elegido repetidamente como objetivo las cadenas multinacionales – Topshop, Hugo Boss, McDonald’s, Sony y Carpetright (cuyo presidente Lord Harris de Peckham, miembro conservador de la Cámara de los Lores), y que se hayan producido “disturbios” en Oxford Street es algo importante. Entretanto, viven la versión del sueño neoliberal para chavales pobres, comprando “con nuestro dinero” en los mejores sitios, llevando a casa lo mejor en calzado deportivo, tecnología y la mejor de todas las inversiones, el oro.
No existe un sinsentido en esta violencia. Es inteligente, tecnológica y está bien organizada. Tácticamente, los alborotadores han sido más astutos que las fuerzas policiales y los servicios de inteligencia. Desde luego, es destructiva con la vida comunitaria, brutalmente dura con los pequeños tenderos y las personas que viven cerca o en las calles mayores, ¿pero no es tan destructiva como lo es el desempleo permanente, la desesperanza y la convicción de que el Estado te ha abandonado a favor del intercambio de mercancías? Que estos jóvenes hayan atacado los símbolos de poder y riqueza más inmediatos y que quisiesen parte para ellos mismos no hace de estos disturbios algo peor a la destrucción llevada a cabo por Thatcher o la que ha comenzando Cameron. Y son esencialmente neoliberales por que los jóvenes han absorbido el dictado de que la codicia está bien, que tienes que coger lo que puedas, que los poderosos heredarán la tierra.
Sepultados, bajo toda esta falsa consciencia, sigue habiendo una parte de rabia que deriva de la creciente humillación que sufren tanto ellos como sus familiares y sus comunidades. La acompaña la certeza de que los pijos del Partido Tory, los dueños de las corporaciones multinacionales y la policía son sus enemigos. La estructura quizás no esté muy clara para ellos, pero sienten sus efectos. Han saqueado sus vidas. No tienen nada que perder.
Pero si esta valiente y poderosa oradora de Hackney [1] tiene su razón ellos deben encontrar mejores análisis. “Abrid los ojos, “, dice, “si estamos luchando por una puta causa estamos luchando por una puta causa”. Sabe que los disturbios son políticos, pero es la política equivocada en este momento. Están luchando por la causa equivocada. El escritor Darcus Howe dice lo mismo [2] (este video puede que sea borrado por you tuve, así que compártelo si puedes) pero, con más experiencia, lo llama insurrección.
[Mientras escribo, Londres parece que está más tranquilo pero la acción se ha mudado a Manchester (¡de donde venían muchos de los refuerzos policiales de Londres!), Birmingham y Bristol, y una comisaría ha sido atacada con fuego en Nottingham.]
William Wall,
                                                mártes 9 de Agosto de 2011 

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