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sábado, 3 de marzo de 2018

Miguel Moreno Leyton, El Nazi Chileno Que Busca «Detener» El Ingreso De Haitianos En Chile

Voz Ciudadana Chile, realiza esta nota con el fin de denunciar a un grupo de tuiteros encabezados por Miguel Moreno Leyton, un joven que no encontró mejor forma de incitar la xenofobia, el racismo y la discriminación hacia la comunidad haitiana, que busca un mejor porvenir en tierras chilenas.


Lo insólito de todo, la apariencia y el apellido del sujeto no le acompaña. No se condice con los típicos rubiecitos alemanes. Miguel Moreno es un digno representante de los morenazis chilenos, que creen ser caucásicos, de sangre fina y pura, pero que no son más que unos simples peleles ignorantes, que si le hubiera tocado vivir en la época de los nazis, estos tipos habrían sido de los primeros en pasar a la cámara de gas, porque para Hitler, estos sujetos no serían más que unos pobres indiecitos subdesarrollados de sangre impura.
Es el caso de Miguel Moreno Leyton, militante del llamado “Movimiento Nacionalista Identitario”, su lema, “¡Dios Con Nosotros y Nuestra Patria Libre! ¡Que Viva el Pueblo de Chile!”, como si fuera parte integral de un movimiento al cual se debe respetar, un movimiento que derechamente pretende impedir el ingreso de haitianos en Chile, para “evitar que la raza chilena se mezcle”. Insólito, más que todo lo demás, indignante.
Miguel Moreno Leyton
Miguel Moreno Leyton

Lo que se escribe en las redes sociales es parte de tu responsabilidad, pero surge nuevamente la pregunta, ¿hasta dónde llega la libertad de expresión?
La libertad de expresión no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia, la discriminación y el odio. Chile está cambiando, e inexorablemente todo este grupete de peleles que se creen superiores, deberán convencerse de que no podrán incentivar este tipo de violencia, más aún si esta violencia se ejerce impunemente en las redes sociales.
Pese a que la Constitución Política establece, la libertad de expresión como el derecho que tienen las personas para difundir sus pensamientos, opiniones, informaciones e ideas a través de diferentes medios, como en este caso, a través de las redes sociales, se determina que estos tienen sus limitantes, por ejemplo cuando se utilizan expresiones o palabras que tengan una invitación a cometer actos violentos.

¿Hasta donde llega nuestro derecho a decir lo que pensamos, nuestra libertad para expresarnos?

Los grupos neo nazis chilenos expresan, además, una novedosa forma de discriminar de origen europeo. Su principal discurso, habría actualizado las tradiciones preexistentes con un modelo tomado del fascismo europeo, convirtiéndolo en un importante elemento ideológico del proyecto político de tercera vía que intentaron construir y haciéndolo cumplir una función específica en su disputa con la izquierda y con los sectores liberales del país.
La ignorancia supina de tuiteros como Miguel Moreno Leyton tiene el típico discurso nazi de una “raza superior” y por eso los demás son incapaces de estar a su altura y, de allí es que parten de la base de que no tienen porque respetarle el derecho los demás. Desde ese punto de vista hay un desprecio que puede llegar hasta por la vida de los otros.

Si uno analiza el comportamiento de este reducido grupete, uno puede ver que suelen decir que tienen un ideario, pero efectivamente son de un desarrollo intelectual relativamente bajo, no son muy elaborados, son de pensamientos básicos y, por lo tanto, no son de dar muchas explicaciones sino más bien actúan. Presentan y desarrollan una conducta específica y después desaparecen porque efectivamente no disponen de un ideario particularmente elaborado.
Se consideran que son “un grupo de personas en la humanidad que son mejores”, que tienen características que “los hacen especiales”, que con esa superioridad ellos pueden dictaminar quienes se merecen o no ser parte de la sociedad.
Para los neonazis, este mundo está dividido entre los que son como ellos y el resto, e incluso consideran que más abajo hay otra clase de personas, que son quienes no debieran existir simplemente.
En mi opinión, lejos de fortalecer su opción política y sus posibilidades de acceder al poder, éstas expresiones confinaron a estos fascistas a un lugar de marginalidad, de extrema derecha, que ha fortalecido un profundo rechazo y un evidente fracaso en sus convicciones.

Cabe hacer la pregunta: ¿Qué les pasa por sus cabezas?

lunes, 22 de enero de 2018

¿Qué es un “país de mierda” y por qué está tan obsesionado Trump con Haití?

El jueves 11 de enero, víspera del octavo aniversario del terremoto en Haití que mató al menos a 230.000 personas, el presidente Trump llamó a Haití – junto con una indiferenciada “África” – “país de mierda”.
Por supuesto, el primer impulso del presidente fue negar la declaración, de la misma manera que había negado la declaración hecha pública a través de una fuente anónima al New York Times de que “todos los haitianos tienen SIDA.”
Lo que motivó su afirmación es la negativa de su administración de conceder Estatus de Protección Temporal (TPS) a 58.000 personas procedentes de Haití que viven actualmente en los EEUU, algunos de los cuales hace más de treinta años.
Sus comentarios expresan la actitud insensible de un individuo que no siente ninguna responsabilidad, que cree que puede volver a escribir la historia como le convenga. El senador Durbin (D-IL) confirmó que, efectivamente, el Presidente había dicho esas “palabras llenas de odio” muchas veces en una conversación sobre la política de inmigración, que Trump ha estado saboteando activamente a pesar de un aparente acuerdo con el senador Jeff Flake (R-AZ), a cambio de su “ sí” al plan fiscal de Trump .
Sería lamentable que los medios acabasen convirtiendo en algo excepcional los comentarios de Trump como la última metedura de pata de un individuo demasiado acostumbrados a intimidar a la gente en Twitter, alegando recientemente que su “botón nuclear” es más grande que el de Corea del Norte. Los comentarios también son indicativos de un indisimulado supremacismo blanco que, lamentablemente, se ha permitido propagar en nuestra sociedad. Es más útil verlos como una expresión sincera de sentimientos a menudo ocultos, consecuencias culturales indeseadas de la institución de la esclavitud en las plantaciones con las que EE UU tiene que lidiar de frente y con valor y honestidad.
Como la profesora de literatura haitiana Regine Jean-Charles ha escrito, no le han sorprendido los comentarios, que son “evidencia de un tipo de racismo que siempre ha estado presente en la sociedad estadounidense, pero que desde la campaña electoral de 2016 se ha avivado hasta convertirse en llamas virulenta.”
¿Qué hay detrás de la obsesión de Trump – y de la América blanca – con Haití?
Haití ha sido objeto de esa obsesión por su papel decisivo a la hora de desafiar lo que los hacendados del Sur – incluyendo ocho presidentes de los EE UU – han llamado una “institución peculiar”. La revolución de Haití fue la primera vez que los esclavos fueron capaces de abolir para siempre la esclavitud y forjar una nación independiente. También fue un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos, que llevó a la compra de Luisiana en 1803, allanando el camino para el “destino manifiesto” de unos EE UU que se extendieron de mar a mar y su hegemonía global. Chicago, la tercera ciudad más grande del país, fue fundada por un haitiano, Jean Baptiste Point du Sable, que el historiador haitiano Marc Rosier llama un “agente” del gobierno de Haití cuyo objetivos era alentar una política internacional a favor de la libertad de los esclavos.
La contribución de Haití a la “grandeza” de los Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo silenciada. La decisiva Revolución de Haití fue literalmente “impensable”, como el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot ha señalado. La demonización de Haití era tan fuerte, su ejemplo para los esclavos tan peligroso, que el Congreso impuso una moción de silencio en 1824, prohibiendo que la palabra Haití fuese pronunciada en el Congreso, un año después de que se proclamase la imperialista Doctrina Monroe.
El supremacismo blanco no fue derrotado en el Palacio de Justicia de Appatomox en 1865, ni gracias a la XIII Enmienda, que permitió una legalización indirecta de la esclavitud, ni en la sentencia de 1954 Brown v. Board of Education del Tribunal Supremo, ni en la Ley de Derecho al Voto de 1965 tras el “domingo sangriento” en Selma, ni con la elección del primer presidente afroamericano en 2008.
A pesar de todo, como la antropóloga haitiana Gina Athena Ulysse analizó, Haití ha sido utilizada como la “bestia negra” de una campaña de difamación deliberada contra los descendientes de las personas que dijeron no a la supremacía blanca.
Estas narrativas de Haití continuaron tras la respuesta inicial al terremoto de 2010, propagadas por el tele-evangelista Pat Robertson y el periodista del New York Times David Brooks. Como señaló la articulista del New Yorker Doreen San Félix, esta obsesión con Haití tiene que ver con el rechazo de la sociedad blanca de la libre determinación de los negros.

Estos discursos tienen consecuencias materiales concretas y de gran alcance.
Francia, que en 2001 declaró la esclavitud un “crimen contra la humanidad”, extorsionó 150 millones de francos a Haití como condición para reconocer su independencia, hundiendo a Haití en una deuda de 120 años que consumió hasta el 80% de la base impositiva de Haití. El presidente Jacques Chirac se burló de la petición del presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide de reparaciones, antes de ser el primero en exigir su renuncia en 2004.
Llamar a Haití “ingobernable” sirvió de justificación para la intervención de Estados Unidos: Estados Unidos invadió Haití veintiséis veces entre 1849 y 1915, cuando los marines desembarcaron y ocuparon el país durante diecinueve años. Durante la ocupación de EE UU, los marines reclutaron un ejército moderno, entregaron la tierra a propietarios extranjeros, solidificaron la desigualdad racial y de clase, asentando las bases para la dictadura de los Duvalier de 1957-1971.
La culpabilización interesada de Haití por su papel en la epidemia del SIDA acabó con la industria del turismo, que, junto con la destrucción deliberada de la cabaña porcina de Haití, hundió la economía del país. Intereses capitalistas aprovecharon la oportunidad para beneficiarse del éxodo rural masivo para construir fábricas y talleres, explotando la miseria de la gente ofreciendo los salarios más bajos en el mundo. Con salarios de pobreza y una deuda externa agobiante, que según el propio FMI fue a parar a los paramilitares tonton makout, los barrios pobres de Port-au-Prince no tuvieron ni servicios ni seguridad del gobierno. Estas intervenciones extranjeras fueron la principal causa de mortalidad del terremoto de 2010.
Acusar a los haitianos de “saqueadores” y utilizar otros calificativos racistas familiares, además de describir a Haití como un “Estado fallido”, provocó la invisibilidad de la primera respuesta heroica del pueblo de Haití, y también la exclusión completa de los actores estatales y no estatales haitianos en la reconstrucción de su propio país y la distribución de ayuda. Bill Clinton co-presidió la Comisión Provisional de Reconstrucción de Haití, tomando decisiones sobre la ayuda, y la ayuda humanitaria fue coordinada en una Base Logística de las Naciones Unidas, donde los haitianos fueron excluidos por soldados extranjeros responsables de la epidemia de cólera que mató a casi 10.000 personas o por el uso del idioma inglés en las reuniones. Las organizaciones no gubernamentales reprodujeron una estructura jerárquica vertical que excluía de la toma de decisiones a las personas que vivían en los campamentos. Estas actuaciones “humanitarias” provocaron, entre otras consecuencias, la desintegración de las familias haitianas y el aumento de la violencia contra las mujeres.
Llamar a un precedente mundial de la libertad un “país de mierda” degrada no sólo a los diez millones de habitantes de la isla y a los tres millones de haitianos que viven en EE UU, sino que es una afrenta a la libertad y la igualdad humanas.
Como el premiado escritor Edwidge Danticat ha afirmado, “hoy estamos de luto. Mañana lucharemos”.
Mark Schuller  es Profesor Asociado de Antropología de la Universidad de Illinois y miembro de la Facultad de Etnología de l’Université d’Etat d’Haïti. Es autor o co-editor de seis libros, incluyendo La Ayuda Humanitaria en Haití . Schuller es co-director / co-productor del documental Poto Mitan: Mujeres haitianas, pilares de la economía mundial (2009).
Fuente: https://www.counterpunch.org/2018/01/16/what-is-a-shithole-country-and-why-is-trump-so-obsessed-with-haiti/
Traducción:Enrique García

sábado, 7 de octubre de 2017

Exigen normalistas renuncia del presidente haitiano

El Sindicato Nacional de Normalistas de Haití (Unnoh) exige la salida de la administración política liderada por Jovenel Moise y Jack Guy Lafontant, para rescatar el sistema educativo haitiano, publica hoy la Agencia en línea AlterPresse.
Según el coordinador de la Unnoh, Josué Mérilien, las autoridades no tienen en cuenta la educación. La Ley de Finanzas redujo el presupuesto de este apartado en un dos por ciento, lamentó el funcionario.
‘El Presupuesto 2017-2018 está en contra de los intereses de los maestros, padres y estudiantes’ subrayó Mérilien en conferencia de prensa, y exigió un ‘tratamiento correcto’ para los maestros en Haití.
Las mejores condiciones de trabajo para los docentes y estudiantes ya no son viables con los líderes actuales porque es ‘demasiado tarde’, señala un comunicado firmado por la Unnoh.
La solución ideal implica la salida del actual gobierno y la entrega del poder a otros líderes responsables, insiste esta organización que anuncia debates sobre el perjuicio del presupuesto para profesores, estudiantes y padres.

PL

lunes, 22 de mayo de 2017

Lo que pasa en Venezuela no es nuevo, recordemos a Haití

¿Tiene moraleja esta historia? ¿Qué lecciones pueden extraer las fuerzas democráticas y antiimperialistas latinoamericanas de los sucesos de Haití? Sin duda que nada ha cambiado en la política norteamericana hacia el continente que considera su “patio trasero”.

(Reencauche de un artículo de 2004 que sigue vigente)
           
El 29 de febrero de 2004, también sería el último día del gobierno del único presidente de Haití electo democráticamente en doscientos años de historia, Jean Bertrand Aristide. De madrugada, un grupo de “marines” norteamericanos se presentó a la casa de Aristide, le obligó a firmar su renuncia bajo la amenaza de un baño de sangre, lo montaron a la fuerza en un avión militar y, tras un largo vuelo de 20 horas sin poder comunicarse con nadie, fue deportado a la República Centroafricana.

De esa manera se habría cumplido un minucioso plan tramado un año antes, conocido bajo el nombre de la “Iniciativa de Ottawa sobre Haití”, auspiciado por el diplomático canadiense Denis Paradis, con complicidad de los gobiernos de Estados Unidos, Francia, Canadá y El Salvador. Los cerebros ejecutores de esta “iniciativa” fueron Roger Noriega, subsecretario de Estado norteamericano para América Latina, y su brazo derecho para asuntos oscuros, Otto Reich.
“Estados Unidos ha estado activamente involucrado en la creación de la crisis de Haití… El señor Noriega, que es el que gestiona la política de Estados Unidos (en Haití), está apoyando a Andy Apaid y a su organización, el Grupo 184, que a su vez recibe financiación del Instituto Republicano Internacional”, denunció la congresista demócrata norteamericana Maxine Waters. “No hay que olvidar que Apaid estuvo involucrado en el primer golpe de estado contra Aristide (en 1991)”, agregó Waters.
Los acontecimientos de Haití, al principio, confundieron a algunos sectores antiimperialistas, democráticos y de izquierda de Latinoamérica y de otros lugares. Influenciados por medios de comunicación manipulados, algunos creyeron ver en los sucesos haitianos de los últimos meses una repetición de insurreciones populares recientes que han derribado a otros gobierno en América Latina. Como en Bolivia el año pasado. Pero la verdad ha salido a flote, ya que la índole de los protagonistas en Haití muestran que estamos ante un caso diferente.
Mientras Estados Unidos y la OEA defendieron hasta el último momento al sanguinario Sánchez de Lozada, pese a semanas de movilizaciones populares duramente reprimidas por el ejército, con su secuela de muertos; en Haití, Powell y Bush se apresuraron a plantear la dimisión de Aristide. Mientras en Bolivia el ejército adiestrado por el imperialismo yanqui defendía al repudiado presidente; en Haití, los dirigentes de la “insurrección”, aupada por los norteamericanos, fueron los exmilitares del disuelto ejército haitiano y los “Tonton Macoutes”.
Jean Bertrand Aristide, ex sacerdote católico, fue la principal figura en la lucha contra la dictadura de los Duvalier, “Papá Doc” y “Baby Doc” en los años 80. Al frente del movimiento Lavalá (La Avalancha)ganó las primeras elecciones democráticas de Haití en 1990, contra el candidato apoyado por Estados Unidos, Marc Bazin, que había sido funcionario del Banco Mundial. Pero su gobierno duró nueve meses, ya que en 1991 fue derrocado por un sangriento golpe de estado instigado por Norteamérica, encabezado por el militar Raoul Cedras.
La dictadura de Cedras acabó en 1994, cuando se produjo una invasión de 20,000 “marines” norteamericanos, que tuvieron como objetivo controlar una situación crítica, de la que la migración de miles de balseros haitianos que llegaban a la Florida fue preocupación central para Washington. Aristide retornó al poder, pero por un breve lapso, tras el cual lo cedió a su compañero de fórmula en 1990, René Preval, quien ganó las elecciones del 94.
Aristide se postuló a las elecciones del año 2000, que fueron boicoteadas por la oposición, las cuales ganó con el 92% de los sufragios. Desde entonces, la oposición lanzó una campaña arguyendo que hubo “irregularidades”, llamando a poner fin anticipado a su gobierno mediante una “intervención extranjera para evitar una guerra civil”, siguiendo un esquema muy parecido al que usó la oposición venezolana contra Hugo Chávez, y ahora usa contra Nicolás Maduro.
En contra de Aristide ha jugado el no haber resuelto los graves problemas sociales que aquejan al país, siguiendo en parte los consejos del FMI y el Banco Mundial, ni haber tocado los grandes intereses oligárquicos y extranjeros responsables de la miseria generalizada. Haití tiene una población de casi 9 millones de habitantes, el 65% de la cual vive en la pobreza, el PIB per cápita es de 510 dólares, el analfabetismo es del 54% y el promedio de vida de 45 años.
Sobre este caldo de cultivo social se produjeron las movilizaciones estudiantiles de fines de 2003, que en parte fueron una expresión de descontento por la falta de solución a los graves problemas económicos. Movilizaciones que fueron aprovechadas por la oposición para relanzar su campaña exigiendo la renuncia de Aristide. En medio de una crisis creciente, se alejaron del gobierno sectores que otrora le apoyaron, como el socialdemócrata Gerard Pierre Charles o René Theodore, dirigente del Partido Comunista. En febrero la crisis pegó un salto con la incursión armada desde República Dominicana de exmilitares que se han apoderado de las principales ciudades. Según algunos cálculos, estos “insurrectos” no pasaban de 300.
Pero Aristide estaba lejos de ser completamente impopular, al menos en Puerto Príncipe. Así como miles apoyaron las protestas de la oposición, miles más salieron a manifestarse en apoyo del gobierno. Igual que pasa en Venezuela, los medios de comunicación no reportaron las marchas en su apoyo, en cambio las de la oposición recibieron toda la cobertura. La expresión armada y más radical del apoyo a Aristide fueron unas milicias populares denominadas “Chimé” (Chicos Malos), asentadas en las zonas más pobres de la capital.
La cabeza del movimiento golpista ha estado conformada por: el empresario textil André Apaid, de nacionalidad norteamericana, líder del Grupo 184, que junto a Micha Gaillard, dirige la llamada Convergencia Democrática, “oposición civil”, financiada por Estados Unidos, que controla los medios de comunicación.
La oposición armada estuvo dirigida por: Louis-Jordel Chamblain, que participó de la dictadura Cedrás; el ex jefe de policía Guy Phillip;  Jean Tatoune, implicado en la Masacre de Raboteau de 1994;  y Butteur Metayer, dirigente del Frente Revolucionario de la Antibonite, cuyo hermano Amiot murió asesinado por las fuerzas leales a Aristide.  La facilidad con que estos sectores  tomaron la mayoría de las ciudades da a entrever la complicidad de la policía.
El propio Aristide acabó por pedir la intervención extranjera. Para viabilizarla, Estados Unidos, Francia y el CARICOM propusieron la conformación de un gobierno encabezado por un primer ministro de la oposición, dejando al presidente con un cargo decorativo. Lo cual fue aceptado por Aristide, pero no por la oposición.
El gobierno norteamericano, contrario a lo que usualmente hace, aceptó rápidamente la postura de la oposición, que el 25 de febrero se negó a todo acuerdo con Aristide. Con la excusa tradicionalmente usada por Estados Unidos, de “proteger la vida de sus ciudadanos”, se produjo una intervención militar un grupo élite del ejército norteamericano y, posteriormente de otro francés.
Lo demás es historia conocida: el 1 de marzo el presidente democráticamente electo de Haití fue depositado por un avión militar yanqui al otro lado del mundo, mientras las tropas invasoras abrían la capital a los golpistas y procedían a desarmar, no sin víctimas, los restos de la resistencia  popular en Puerto Príncipe.
¿Tiene moraleja esta historia? ¿Qué lecciones pueden extraer las fuerzas democráticas y antiimperialistas latinoamericanas de los sucesos de Haití? Sin duda que nada ha cambiado en la política norteamericana hacia el continente que considera su “patio trasero”, y ya sabemos lo que el Tío Sam entiende por “democracia”.
Pero también que no es posible cambiar nada, ni resolver los graves problemas sociales que afectan a la América Latina, ni mucho menos disipar o prevenir intervenciones militares norteamericanas (abiertas o solapadas), sin romper con los moldes económicos de la globalización neoliberal, sin tocar los intereses de las oligarquías nacionales y las transnacionales, sin romper con las órdenes emanadas del FMI y el Banco Mundial.
Sólo de una ruptura completa y radical con el sometimiento económico y político al imperialismo yanqui, y en una lucha encarada desde la unidad bolivariana, sacarán nuestros pueblos la fuerza para contrarrestar las imposiciones de Washington. ¿Qué sigue? El próximo capítulo se está desarrollando ya en Venezuela. Las opciones están abiertas. De las decisiones que se tomen dependerá que la cosa no acabe igual o peor que Haití.

Panamá, 20 de mayo de 2017.

martes, 31 de enero de 2017

¿Quién dijo que la miseria no es un gran negocio?


En Haití hay censadas unas 10.000 ONG aproximadamente. No hay ninguna organización caritativa en el mundo que no tenga allá una delegación.

Si multiplicamos 10.000 por cada uno de los miembros de esas delegaciones, nos sale una cifra muy larga de personas que han viajado hasta allá para “ayudar” en algo a la población. Si cada uno de ellos ha entregado un poco, sumadas esas pequeñas cantidades año tras año, el Producto Interior Bruto no sería tan bruto.
Lo que todas esas ONG ocultan es que Haití sólo tiene un problema que ellas no tienen ninguna intención de solucionar: el colonialismo. Haití fue el primer país de América Latina en levantarse contra la esclavitud y el colonialismo, y eso es algo que durante dos siglos les están haciendo pagar muy caro.
Para las ONG del mundo Haití es una fuente continua de ingresos. Están deseando que una desgracia vuelva a poner a aquel olvidado de país en las primeras planas de la prensa para seguir recaudando limosnas que, desde luego, jamás llegarán a los haitianos.
Cada pocos años Haití necesita alguna de las plagas de la Biblia (volcanes, terremotos, inundaciones, pandemias) para que el turismo humanitario ponga en marcha comedores, hospitales, escuelas, orfanatos…
Una fotógrafa que desde hace años viaja frecuentemente a la isla, Corentin Fohlen, ha publicado un libro de retratos de los paisajes, las calles y los habitantes de Haití. En él cuenta una escena que contempló horrorizada: un voluntario de una ONG que llevaba bombones para regalar a los ancianos de una residencia trató de introducirle a la fuerza una de las golosinas en la boca a uno de ellos, que se negaba a injerirla…
Las religiones están ligadas a la caridad como la caspa al pelo. Una ONG como Healing Haiti, que trabaja en la isla desde 2006, está creada por un matrimonio de Minessota cuyo lema resume exactamente sus pretensiones: “Nosotros no hemos elegido Haití; Dios ha elegido Haití para nosotros”.
Según cifras oficiales de la embajada de Estados Unidos en la capital, cada semana 200.000 voluntarios de Healing Haiti desembarcan para llevar chicle y chuches a los niños de las escuelas y orfanatos. Es el sueño de cualquier agencia de viajes: muchos vuelos de avión, una experiencia diferente para desconectar de la rutina diaria y luego enseñar las fotos, ponerlas en el muro de Facebook, contar en la oficina de Chicago que el viajero tiene un buen corazón, pedir limosna a los amigos, los colegas y los vecinos para ayudar a los pobres y olvidados haitanos… La máquina no puede parar nunca.
¿Quién dijo que la miseria no es un gran negocio? A todo y a todos se les puede sacar algún provecho.

domingo, 22 de enero de 2017

El haitiano que planteó la igualdad de las razas humanas

A fines del siglo XIX estaban de moda las teorías científicas racistas propuestas décadas antes por el conde de Gobineau en Ensayo sobre la desigualdad en las razas humanas (1855). Dichas ideas justificaban el colonialismo de Africa y América por la superioridad del hombre blanco, movilizaron políticas de blanqueamiento en Latinoamérica y la 'regeneración' de la raza. Sólo un intelectual se atrevió a enfrentar lo que era la verdad de médicos e higienistas: Antenor Firmin, haitiano quien publicó en 1885 su tratado 'De la igualdad de las razas':


Antenor firmin
Antenor Firmin publicó en 1885 su tratado De la igualdad de las razas humanas, en respuesta al del conde de Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad en las razas humanas (1853-1855), reeditado en París en 1884. Era el momento en que los gobiernos europeos se repartían el continente africano como un pastel, en la llamada conferencia de Berlín, sin consultar en absoluto a los africanos. Y también la etapa en que el racismo supuestamente científico hacía estragos en América latina, convirtiéndose en el sustrato ideológico de las clases dirigentes; se operó la transposición del impulso “regeneracionista” español en términos raciales: el factor negro debía reducirse, para que las virtudes blancas rigieran plenamente y fomentaran el desarrollo. El modelo era el de los Estados Unidos, “Norte” y brújula de la elite, por cuanto no practicaban la mezcla de sangres; a través de la educación, los latinos podían regenerarse y alcanzar la excelencia de la raza sajona. En cuanto a la sangre negra, se recomendaba oficialmente su dilución por mestizaje mientras, implícitamente, se respaldaban las operaciones de limpieza étnica, lo que más se acercase al exterminio. Este es el credo implícito que se deriva del paradigma “civilización o barbarie”: si ni siquiera se les reconoce a los indígenas el rango de autóctonos y portadores del espíritu de la tierra, menos aún se considera al descendiente de los africanos que poblaron América contra su voluntad.
Sólo la población negra pudo medir plenamente la ferocidad que subyacía a la combinación de una teoría decididamente racista con prácticas de hipocresía notoria. Era natural que surgiera en Haití el pensador más libre y más alentador: Anténor Firmin. En el capítulo XVII de su libro De la igualdad de las razas humanas (662 p.), muestra cómo el vuelco decisivo de la historia común de Europa y América tuvo lugar en Haití, en un momento único. Después de su demostración, traducida a continuación de manera escrupulosa por Juan Vivanco, se puede afirmar sin ninguna exageración que el toque africano salva siempre las situaciones de mayor peligro para la humanidad. En el fragmento que se presenta aquí, se verá la visión continental de Firmin, al subrayar la deuda de Bolívar con Haití, el país que lo salvó, lo alentó, lo inspiró y le dio fuerzas para reemprender la liberación americana después de tocar fondo en Jamaica. Dejamos a los venezolanos la valoración de la manera en que Bolívar reconoció su deuda con los haitianos, a quienes prometió abolir la esclavitud en el continente a cambio de la ayuda material ofrecida por el general Pétion. Años más tarde, un tribunal militar votó el ajusticiamiento del general Piar, por rebelión, lo que necesitaba Bolívar para asegurarse el control completo sobre su ejército. Después del sacrificio de Piar, Bolívar hizo aplicar las medidas que éste reclamaba, las medidas que asentaban la igualdad de los negros en la nueva sociedad venezolana.
Tan lúcido, premonitorio y molesto para el mundo blanco fue Anténor Firmin que su obra fue inmediatamente sepultada en el olvido, en los medios culturales de Francia. ¡Hasta 2004 no se le pudo leer! Como reparación debida, la editorial L’Harmattan le ha reeditado, con presentación de Ghislaine Géloin, tras el congreso que tuvo lugar en el Rhode Island College de Estados Unidos, sobre “el redescubrimiento de Anténor Firmin, pionero de la antropología y el panafricanismo”. Anténor Firmin colaboró en la organización de la primera conferencia panafricana de 1900, organizada por W.E.B. Dubois; fue elegido vicepresidente de la que debió tener lugar en 1902 y nombrado responsable de la asociación panafricana en Haití en 1904. Leer hoy sus páginas deslumbrantes de fraternidad y aliento espiritual para la refundación del pensamiento científico nos hace ver en él al anunciador de Cheikh Anta Diop, que echó abajo las mentiras interesadas de la egiptología, supo imponer a los científicos europeos el reconocimiento de la grandeza negra y “plantear el problema de la falsificación más monstruosa de la historia de la humanidad por los historiadores modernos…reconocerle a la raza negra el papel de guía más antiguo de la humanidad en la vía de la civilización, en el sentido pleno de la palabra”. ( Nations nègres et culture , Paris, Présence africaine 1954-59, p. 59). Lo decía Firmin: “A toda esa falange altanera que proclama que el hombre negro está destinado a servir de estribo a la potencia del hombre blanco, a esta antropología mentirosa, yo tendré derecho a decirle: ¡‘No, no eres una ciencia’!” Y también anunció que el egoísmo y la inmoralidad de la raza blanca sería para ella, en la posteridad, un motivo de vergüenza y remordimiento. Cuando murió Firmin, miembro titular de la Société d’Anthropologie parisina, en 1911, el Bulletin no le dedicó ni una nota necrológica.
Maria Poumier
REPRODUCIMOS A CONTINUACIÓN SU ENSAYO
Capítulo XVII
El papel de la raza negra en la historia de la civilización
I. Etiopía, Egipto y Haití
Para responder a quienes niegan a la raza etíope una participación activa en el desarrollo histórico de nuestra especie, ¿no bastará con citar la existencia de los antiguos egipcios? La curiosa tesis de la inferioridad radical de los pueblos negros ha podido sostenerse mientras una ciencia falaz y de una complacencia culpable ha mantenido que los Hijos de Ra eran de raza blanca. Pero hoy, cuando una crítica histórica que ha alcanzado su grado más alto de elaboración permite que todos los espíritus perspicaces y sinceros conozcan la verdad sobre este punto de importancia capital, ¿es posible cerrar los ojos a la luz y seguir propagando la misma doctrina? Difícil lo tienen los partidarios de la desigualdad de las razas humanas. En efecto, ahora que sabemos que los antiguos ribereños del Nilo eran de raza negra, veamos lo que la humanidad debe a esta raza.
No es preciso hacer una larga enumeración. En lo referente a las conquistas materiales realizadas en nuestro globo, nadie que haya estudiado la arqueología y las antigüedades egipcias ignora la gran iniciativa que tuvo este pueblo industrioso en toda suerte de trabajos. Las distintas clases de manufacturas cuyo conocimiento ha sido de la mayor utilidad para el desarrollo de las sociedades humanas se inventaron generalmente en Egipto o en Etiopía. Allí se encuentran indicios de todos los oficios, de todas las profesiones. Nunca ha llegado tan lejos el ingenio de las construcciones, nunca se han logrado resultados tan magníficos en el ámbito artístico con medios tan elementales. Los monumentos de Egipto desafían el tiempo para inmortalizar el recuerdo de esas poblaciones negras, dotadas de ideas artísticas excelentes. Allí la imaginación, surcando un océano de luz, ha engendrado lo más espléndido, lo más grandioso que se ha visto en el mundo. Es bien sabido que ninguna escuela escultórica o arquitectónica igualará jamás la audacia del antiguo canon egipcio, cuyas proporciones gigantescas y nitidez de líneas lo hacen inimitable. Bajo el cielo claro del Ática podemos hallar, sin duda, unas formas delicadas y puras cuya esmerada ejecución despierta en el alma una dulce impresión de serenidad, ¡pero ya no es esa grandeza majestuosa que abruma y al mismo tiempo inspira un sentimiento de orgullo invencible al contemplar unas masas tan colosales que la voluntad humana supo plegar a su capricho!
En cuanto al desarrollo intelectual de la humanidad, ya no cabe la menor duda: todos los rudimentos que han contribuido a la edificación de la ciencia moderna se los debemos a Egipto. Lo único que se podría considerar ajeno a la civilización egipcia es la evolución moral que los pueblos occidentales empezaron con la filosofía griega y han mantenido hasta nuestros días, con crisis más o menos prolongadas, más o menos perturbadoras. Pero a medida que se va desvelando el significado de los viejos manuscritos cubiertos de jeroglíficos, conservados por la solidez del papiro egipcio o grabados en las estelas y los bajorrelieves antiguos, salta a la vista el alto desarrollo moral que habían alcanzado las poblaciones nilóticas de la época de los faraones. Es la misma moral bondadosa, humana, muy parca en metafísica e ideas sobrenaturales, libre de toda superstición religiosa, que hallamos en estado rudimentario en todas las poblaciones negras del África sudanesa hasta la invasión de la gran corriente islámica, cuyo fanatismo es un rasgo esencial, permanente.
Los griegos, que fueron los educadores de toda Europa a través de la influencia romana, debieron tomar de Egipto los principios más prácticos de su filosofía, lo mismo que hicieron con todas las ciencias que cultivaron y ampliaron, más adelante, con una inteligencia maravillosa. Esto último podría incluso cuestionarse, pues sabemos que todos sus grandes filósofos, los fundadores de las principales escuelas, los que podríamos llamar maestros del pensamiento helénico, de Tales a Platón, todos bebieron de fuentes egipcias, todos viajaron a la patria de Sesostris antes de empezar a propagar su doctrina. No insistiré en la influencia del budismo o del pensamiento de los negros indios en el espíritu filosófico de todo Oriente. Por un lado, la tesis histórica acerca de la importancia de los negros en el mundo hindú no tiene la misma claridad que la del origen de los antiguos egipcios, y por otro, la corriente de civilización que arranca de Oriente nunca influyó de un modo directo en el desarrollo de las razas occidentales. Por mucho que se haya insistido en el mito ario, cuando este hacía furor en Europa, ningún sabio puede sostener seriamente dicha influencia. Bastaría con recordar el poco éxito que tuvieron entre los occidentales las doctrinas de la gnosis en los primeros siglos del cristianismo.
Pero, aparte de la antigua raza etiópica-egipcia, ¿se puede mencionar alguna nación negra, grande o pequeña, que con sus hazañas haya influido directamente en la evolución social de los pueblos civilizados de Europa o América?
Sin caer en un patriotismo excesivo, tengo que referirme, una vez más, a la raza negra de Haití. Es interesante comprobar hasta qué punto este pequeño pueblo, formado por hijos de africanos, ha influido desde su independencia en la historia general del mundo. Apenas una docena de años después de 1804, Haití estuvo llamado a desempeñar uno de los cometidos más notables de la historia moderna. Quizá las mentes poco dadas a la filosofía no comprendan toda la importancia de sus actos, pues se quedan en la superficie de las cosas y no profundizan nunca el estudio de los hechos, para apreciar su encadenamiento y ver adónde van a parar. Pero ¡qué pensador no sabe que unas causas pequeñas, o que lo parecen, producen grandes efectos en la sucesión de acontecimientos políticos e internacionales que decide el destino de las naciones y de las instituciones que las gobiernan! Una palabra elocuente, un acto generoso y noble, ¿acaso no tienen a menudo más importancia para la existencia de los pueblos que perder o ganar grandes batallas? Es preciso situarse en ese punto de vista moral para calibrar la gran influencia que tuvo la conducta del pueblo haitiano en los acontecimientos que vamos a examinar.
El ilustre Bolívar, libertador y fundador de cinco repúblicas en América del Sur, había fracasado en la gran obra emprendida en 1811, después de Miranda, con el propósito de sacudirse el yugo español y lograr la independencia de extensos territorios que eran el orgullo de la corona del rey católico. Al quedarse sin recursos se refugió en Jamaica, donde suplicó en vano la ayuda de Inglaterra, representada por el gobernador de la isla. Desesperado, al límite de sus fuerzas, decidió trasladarse a Haití para apelar a la generosidad de la república negra y obtener una ayuda que le permitiera reanudar la empresa libertadora que había iniciado con tantos bríos, aunque luego se le había deshecho entre los dedos. ¡Nunca un momento había sido tan solemne para un hombre, y ese hombre representaba el destino de toda América del Sur! ¿Podía esperar algún resultado? Si el inglés, que tanto interés tenía en socavar el poderío colonial de España, se había mostrado indiferente, ¿podía contar con que una nación naciente, débil, con un territorio microscópico, que aún tenía que bregar por el reconocimiento de su independencia, se embarcase en semejante aventura? Cuando llegó, seguramente le atormentaba esta duda; pero Pétion, que gobernaba la parte occidental de Haití, lo recibió con los brazos abiertos.
Tomando las precauciones que una prudencia legítima debía dictarle en un momento tan delicado de nuestra existencia nacional, el gobierno de Puerto Príncipe puso a disposición del héroe de Boyacá y Carabobo todo lo que necesitaba. ¡Todo, pues Bolívar no tenía nada! Le entregaron generosamente hombres, armas y dinero. Pétion quería que se hiciese con discreción para no ponerse a malas con el gobierno español, y se decidió que los hombres se embarcasen furtivamente como voluntarios y que en Venezuela no se mencionase a Haití en ningún documento oficial.
La pintura Redenção de Cam del español Modesto Brocos, pintada en 1895 en Rio de Janeiro, representa el ideario de emblanquecimiento de la población mestiza y mulata brasileña por parte de las elites. El cuadro representa una actitud de 'bendición' por parte de la abuela negra ante el nieto que nace blanco producto de la mezcla racial.
La pintura Redenção de Cam del español Modesto Brocos, pintada en 1895 en Rio de Janeiro, representa el ideario de emblanquecimiento de la población mestiza y mulata brasileña por parte de las elites. El cuadro representa una actitud de ‘bendición’ por parte de la abuela negra ante el nieto que nace blanco producto de la mezcla racial.
Bolívar partió con estos pertrechos, confiado en su genio y su gran valentía. Las aspiraciones generales de sus compatriotas conspiraban a favor de su empresa, ya que para expresarlas sólo estaban esperando un golpe atrevido, un acto de resolución audaz. Bolívar desembarcó heroicamente en la tierra firme venezolana. Después de vencer al general Morillo, que quiso cortarle el paso, marchó de triunfo en triunfo hasta la completa expulsión del ejército español y la proclamación definitiva de la independencia venezolana, que se celebró solemnemente en Caracas.
Pero la acción del ilustre venezolano no se detuvo ahí. Prosiguió su campaña con un vigor y una actividad infatigables. Con la célebre victoria de Boyacá logró la independencia de Nueva Granada y la unió a Venezuela para formar la república de Colombia, digno homenaje a la memoria del inmortal Colón. Incapaz de entretenerse en la contemplación de sus triunfos, no descansó hasta alcanzar completamente sus fines. Acudió en auxilio de los habitantes del alto Perú, que con la ayuda de los colombianos al mando del general Sucre desafiaron a los españoles en una batalla decisiva, reñida en los alrededores de Ayacucho, tras de la cual se proclamó la república de Bolivia. ¡Con la victoria de Junín sobre el ejército español la independencia de Perú quedó totalmente consolidada y el poderío colonial de España acabó para siempre!…
La influencia de todos estos hechos en el régimen político de la Península [Ibérica] es indiscutible. Después de oponerse con una energía indomable a la instalación de un príncipe francés en el trono de los reyes de España y dar al traste con la pretensión de Napoleón I de dominar toda Europa, reemplazando las antiguas dinastías con miembros de su familia, las Cortes mostraron que el pueblo español, aunque se resistía a la violencia, no por ello dejaba de advertir la grandeza de las ideas surgidas con la revolución de 1789. La constitución que elaboraron en 1812 es la prueba evidente. Pero volvieron los Borbones. Vencido el coloso imperial por la coalición de la Europa monárquica y desaparecido ya de la escena, Fernando VII quiso subir al trono de sus padres, tal como le correspondía por derecho de nacimiento, sin merma alguna de sus prerrogativas reales. Lo mismo que los Borbones de Francia, los de España no tuvieron en cuenta el tiempo transcurrido entre sus predecesores y la restauración monárquica. ¡No habían aprendido nada ni olvidado nada!
De no ser por el inconveniente de las colonias de América del Sur, que se emanciparon una tras otra del yugo español, la monarquía habría tenido fuerza suficiente para sofocar todas las protestas liberales, pero, debilitada por los esfuerzos que tuvo que hacer para evitar la disgregación de un imperio que se deshacía en pedazos, no pudo enfrentarse a la oposición, cada vez más osada y exigente. El respaldo que pidió a Francia en 1823 para restablecer sus prerrogativas sólo tuvo un resultado aparente y pasajero. Este resultado forzado se volvería más tarde contra el principio mismo que se quería salvar, malogrando completamente la escasa popularidad que tenía en Francia la bandera legitimista.
Si seguimos con atención todas las peripecias de la historia europea de la época en que se desarrollaban estos acontecimientos, nos sorprenderá hasta qué punto están todos encadenados. Las hazañas heroicas de Bolívar, allá en los desfiladeros sombríos o en los altiplanos ardientes de las cordilleras, repercutían en las instituciones seculares de Europa y secundaban la propagación de ideas revolucionarias que, como una avalancha, quebrantaban los engranajes gastados del antiguo régimen. En toda América predominaba el nombre de la república. ¡Se diría que el Nuevo Mundo sentía hervir la savia del futuro en las ideas de libertad e igualdad! ¿Acaso no son estas indispensables para el desarrollo de las jóvenes generaciones? Al leer las Memorias del príncipe de Metternich se advierte que a su perspicacia de hombre de estado no se le había escapado la importancia de estas crisis que sacudían toda América del Sur, adoptando el ideal del pabellón estrellado; pero su sensatez y su gran lucidez le decían que por ese lado no había nada que hacer. ¡Las amarras se habían soltado!
Seguramente hay épocas concretas en que los grandes acontecimientos políticos se cumplen fatalmente y es inútil oponerse. El espíritu humano, en su progreso, hace un trabajo interno que pone en movimiento las naciones, las agita y provoca en ellas conmociones ineludibles, de las que surge una era nueva con instituciones más conformes con el modo de evolución requerido por los tiempos. Pero estos acontecimientos tienen sus factores, como todas las fuerzas producidas o por producir. Para conocer su naturaleza no se puede descuidar nada. Pues bien, si tomamos en consideración la influencia que Bolívar ha ejercido directamente sobre la historia de una parte considerable del Nuevo Mundo e indirectamente sobre el movimiento de la política europea, ¿no habrá que admitir al mismo tiempo que la acción de la república haitiana determinó moral y materialmente una serie de hechos destacados, al favorecer la empresa que debía realizar el genio del gran venezolano?
Además de este ejemplo, uno de los que más merecedora hacen a la república negra de la estima y la admiración del mundo entero, se puede afirmar que la proclamación de la independencia de Haití influyó positivamente en el destino de toda la raza etiópica que vivía fuera de África. Al mismo tiempo cambió el régimen económico y moral de todas las potencias europeas que tenían colonias; su realización también pesó en la economía interna de todas las naciones americanas que mantenían el sistema esclavista.
A finales del siglo XVIII había surgido un movimiento favorable a la abolición de la trata. Wilberforce en Inglaterra y el abate Grégoire en Francia fueron modelos de filántropos que se dejaron inspirar por un sentimiento superior de justicia y humanidad, ante los horrores que mostraba el comercio de los negreros. Raynal había predicho con lenguaje profético el fin de ese régimen bárbaro. Había previsto la aparición de un negro excepcional que demolería el edificio colonial y libraría a su raza del oprobio y el envilecimiento a los que estaba sometida. Pero sólo eran palabras elocuentes que, propagadas por toda la tierra, emocionaban a las almas elevadas mas no convencían a aquellos cuya incredulidad igualaba a su injusticia, su desprecio a su avidez. Cuando se vio que los negros de Santo Domingo, abandonados a su suerte, cumplían esas profecías que nadie había querido tomar en serio, el asunto dio que pensar. Aquellos cuya fe sólo necesitaba hechos para reafirmarse y cobrar la fuerza de una convicción, perseveraron en sus principios; aquellos cuya rapacidad y orgullo ofuscaban la clarividencia y la equidad, sintieron que su obstinada seguridad se tambaleaba. La alarma o la esperanza cundía en unos y fortalecía a los otros, según sus inclinaciones.
En efecto, la conducta de los negros haitianos desmentía completamente la teoría de que el nigriciano es un ser incapaz de actos grandes o nobles y, sobre todo, incapaz de resistirse a los hombres de raza blanca. Los grandes hechos de armas de la guerra de Independencia habían demostrado el valor y la energía de nuestros padres, pero los incrédulos aún tenían dudas. Se decían a sí mismos que el hombre de raza etiópica, envalentonado con los primeros disparos, bien pudo luchar y sentir un placer irresistible cuando vencía a los europeos de la isla, como los niños que descubren un juego nuevo y por eso mismo sumamente atractivo. ¿Quién dudaría de que una vez terminada la guerra los antiguos esclavos, abandonados a su suerte, no se asustarían de su audacia y se apresurarían a ofrecer sus muñecas a los grilletes de sus antiguos capataces? ¿Cómo iban esos seres inferiores a mantener durante un par de meses un orden de cosas, sin ninguna intervención, ninguna autoridad de los blancos? No, no hubo nadie que no se burlara de la idea de Dessalines y sus compañeros, que querían crear una patria y gobernarse a sí mismos, libres del control extranjero. No se vaya a pensar que son simples suposiciones: son pensamientos expresados en sesudos escritos que encontraron amplio eco en Europa durante los primeros tiempos de la independencia de Haití. Los hombres de estado franceses, confiando en absurdas teorías cuya única fuente era la creencia en la desigualdad de las razas humanas, no perdían la esperanza de recuperar la antigua colonia que tantos beneficios reportaba a Francia. En 1814, con el gobierno provisional de Luis XVIII, se tanteó a Christophe en el norte y a Pétion en el oeste para proponerles que la isla volviese a los dominios franceses. Les garantizaron una buena situación pecuniaria y el empleo militar más alto que se podía tener en el ejército del rey. Estas proposiciones fueron rechazadas con una indignación tanto más respetable e impresionante cuanto que ninguno de los dos jefes perdió la calma ni la compostura. Las gestiones se hicieron por iniciativa y consejo de Malouet. ¿Acaso estos hechos no contribuyen a que la pequeña república sea aún más merecedora del respeto universal?
Sí, en esos tiempos difíciles, Haití había dado muestras de tal sensatez, de tal prudencia en sus actos políticos, que todos los hombres sinceros, fascinados por tan noble ejemplo, no dejaron de referirse a las necias prevenciones que siempre se habían tenido contra las aptitudes morales e intelectuales de los negros. «En una sola Antilla, además,» dice Bory de SaintVicent en alusión a Haití «estos hombres de intelecto supuestamente inferior demuestran tener más juicio que el que existe en toda la península Ibérica e Italia juntas».
La experiencia terminante y la observación precisa resultaban irrebatibles. Los hombres de estado más inteligentes, unidos a los filántropos europeos, comprendieron que la esclavitud de los negros estaba condenada para siempre, porque la excusa engañosa que se había mantenido durante tanto tiempo, a saber, la incapacidad natural del hombre etiópico para obrar como una persona libre, recibía con la república negra el desmentido más rotundo. Macaulay en Inglaterra y el duque de Broglie en Francia encabezaron una nueva liga antiesclavista. En 1831 un hombre de color, libre, de buena posición social en Jamaica, Richard Hill, recibió la misión de visitar Haití y hacer un informe con sus impresiones. Comprobó los rápidos progresos de los hijos de los africanos con satisfacción, pero con imparcialidad. Ya unos años antes, según Malo, John Owen, ministro protestante que pasó por allí hacia 1820, había señalado el rápido desarrollo de la sociedad y la administración. Los hechos dieron sus frutos. En 1833 Inglaterra decidió abolir la esclavitud en todas sus colonias; en 1848, por iniciativa del valiente y generoso Schoelcher, el gobierno provisional decretó la misma medida, que se incluyó en la propia constitución de Francia.
Basten las citas que hemos entresacado del discurso de Wendel Phillips para convencer fácilmente de la importancia que tuvo el ejemplo de Haití para la causa de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Pese a todas las apariencias contrarias, este vasto país está destinado a dar el golpe de gracia a la teoría de la desigualdad de las razas. En efecto, los negros de la gran república federal están empezando a desempeñar una función cada vez más activa en la política de los estados de la Unión americana. ¿No es posible, entonces, que antes de cien años un hombre de origen etiópico presida el gobierno de Washington y dirija los asuntos del país más progresista de la tierra, el país que infaliblemente será el más rico, el más poderoso, por el desarrollo del trabajo agrícola e industrial? No es ninguna idea de esas que permanecen eternamente en estado de utopía. Baste con ver la importancia creciente de los negros en los asuntos americanos para que se despejen todas las dudas. Pero no hay que olvidar que en Estados Unidos la abolición de la esclavitud sólo data de veinte años.
Por lo tanto, sin que se me pueda acusar de exageración en la defensa de mi tesis, puedo certificar, a pesar de todas las afirmaciones en contra, que la raza negra posee una historia tan positiva, tan importante como todas las demás razas. Diferida e impugnada por la leyenda falaz de que los egipcios eran de raza blanca, esta historia reaparece con el comienzo del siglo. Está llena de hechos y enseñanzas; su estudio, a través de los resultados significativos que muestra en cada una de sus páginas, es del mayor interés.
Anténor Firmin
* Traducido por Juan Vivanco.
Maria Poumier y Juan Vivanco son miembros de Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.