Sir George Bernard Shaw, el genial escritor irlandés, Premio Nobel de Literatura en 1925, maestro de la ironía y el humor corrosivo, decía que “los políticos y los pañales se deben cambiar a menudo… y por las mismas razones”. Algo parecido se vislumbra con el sistema económico y social, al que comenzaron a mostrarle los dientes miembros aparentemente débiles de sociedad, que piensan que “no son machos pero son muchos”, o que la unión hace la fuerza. El estribillo que dice “el pueblo unido jamás será vencido”, no se ha desprestigiado por ineficaz.
Los estadistas dejaron de serlo cuando se amangualaron con el poder económico, para mentirles a los pueblos a dúo, con las mismas consignas en todos los países del mundo, que hablan de igualdad social, superación personal a través de la educación y reducción de la pobreza. Pero la verdad es que se ha desatado una competencia monstruosa entre los grandes capitalistas, para ubicarse en los primeros lugares entre los más ricos, lo que estimulan revistas especializadas, cuyas investigaciones son pagadas con generosos contratos de publicidad.
Pero “escarbando, escarbando”, se concluye que la esclavitud moderna, que practican empresas o conglomerados multinacionales, industriales, comerciales y financieros, no se mantiene con latigazos, como en épocas remotas, sino con el consumismo y el crédito. Y el ciudadano común, trabajador, profesional o pequeño empresario, cree que cuando le ofrecen un aparato electrónico, un electrodoméstico o un carro más sofisticados, con servicios cada vez más sorprendentes, y fiados, le hacen un favor, cuando la verdad es que cada nueva adquisición, y todo pagaré que firma, es un punto que se le corre a la cuerda que lo ahorca.
E idéntica cosa sucede con los países, cuyos gobernantes siguen con mansedumbre los dictados de las multinacionales financieras, supuestamente de fomento, que sueltan y sueltan créditos para generar intereses y comisiones e inflar sus utilidades, porque sus directivos, cuyos salarios y demás beneficios económicos son extravagantes, están convencidos de que los países no se pueden quebrar, ni sus territorios son embargables, por lo que otras naciones tienen que salirle al quite a las crisis, así sea a regañadientes, como sucede en estos momentos con Grecia y puede pasar con otros países europeos.
Los indignados, cuyo símbolo universal sin duda serán dos viejitas que aparecieron en televisión cuando retiraban sus fondos de un banco de los Estados Unidos, como protesta por los abusos que cometía con el costo de los servicios, ya hacen presencia en muchas partes del mundo, e irán en aumento, a medida que se riegue el mensaje a través de los múltiples canales de comunicación.
Y los estudiantes, que reclaman la educación gratuita y de calidad, tienen razón cuando se resisten a que los endeuden, hipotecando el patrimonio de los padres, mientras los gobiernos despilfarran los fondos públicos, o sus altos funcionarios se los echan al bolsillo.
En estos dos casos, como en el Sueño de las Escalinatas, “crece la audiencia”. Y quienes hemos vivido lo suficiente para valorar lo que hacen indignados y estudiantes, alquilamos balcones con tarifa de tercera edad, porque esto se va a poner muy bueno.
josejara@une.net.co
Los estadistas dejaron de serlo cuando se amangualaron con el poder económico, para mentirles a los pueblos a dúo, con las mismas consignas en todos los países del mundo, que hablan de igualdad social, superación personal a través de la educación y reducción de la pobreza. Pero la verdad es que se ha desatado una competencia monstruosa entre los grandes capitalistas, para ubicarse en los primeros lugares entre los más ricos, lo que estimulan revistas especializadas, cuyas investigaciones son pagadas con generosos contratos de publicidad.
Pero “escarbando, escarbando”, se concluye que la esclavitud moderna, que practican empresas o conglomerados multinacionales, industriales, comerciales y financieros, no se mantiene con latigazos, como en épocas remotas, sino con el consumismo y el crédito. Y el ciudadano común, trabajador, profesional o pequeño empresario, cree que cuando le ofrecen un aparato electrónico, un electrodoméstico o un carro más sofisticados, con servicios cada vez más sorprendentes, y fiados, le hacen un favor, cuando la verdad es que cada nueva adquisición, y todo pagaré que firma, es un punto que se le corre a la cuerda que lo ahorca.
E idéntica cosa sucede con los países, cuyos gobernantes siguen con mansedumbre los dictados de las multinacionales financieras, supuestamente de fomento, que sueltan y sueltan créditos para generar intereses y comisiones e inflar sus utilidades, porque sus directivos, cuyos salarios y demás beneficios económicos son extravagantes, están convencidos de que los países no se pueden quebrar, ni sus territorios son embargables, por lo que otras naciones tienen que salirle al quite a las crisis, así sea a regañadientes, como sucede en estos momentos con Grecia y puede pasar con otros países europeos.
Los indignados, cuyo símbolo universal sin duda serán dos viejitas que aparecieron en televisión cuando retiraban sus fondos de un banco de los Estados Unidos, como protesta por los abusos que cometía con el costo de los servicios, ya hacen presencia en muchas partes del mundo, e irán en aumento, a medida que se riegue el mensaje a través de los múltiples canales de comunicación.
Y los estudiantes, que reclaman la educación gratuita y de calidad, tienen razón cuando se resisten a que los endeuden, hipotecando el patrimonio de los padres, mientras los gobiernos despilfarran los fondos públicos, o sus altos funcionarios se los echan al bolsillo.
En estos dos casos, como en el Sueño de las Escalinatas, “crece la audiencia”. Y quienes hemos vivido lo suficiente para valorar lo que hacen indignados y estudiantes, alquilamos balcones con tarifa de tercera edad, porque esto se va a poner muy bueno.
josejara@une.net.co









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